photo Filosofiacutea del Video Social 18_zps3wsge61n.jpgEntre otras cosas, hemos oído y leído que las fotografías reflejan parte de esa sociedad a la que pertenecemos y donde, además, nos relacionamos. En “Antropología de la imagen” (2007), el historiador del arte Hans Belting escribe que la producción de imágenes es ella misma un acto simbólico y por ello exige de nosotros una manera de percepción igualmente simbólica, pero, según sus palabras, una imagen es más que un producto de la percepción. Se manifiesta como resultado de una simbolización personal o colectiva. Si esto es así, cabe preguntarnos por qué, con la aprobación de innumerables familias, buena parte de los profesionales inclinados por la fotografía infantil ha extendido de manera especial la imagen del “niño dormido”.

Alegar que en las primeras semanas de vida los chicos duermen muchas horas podría constituir una respuesta, pero mi reflexión no niega esa realidad, tampoco busca colocarse en ese punto sino en la insistente propensión a perpetuar una etapa donde la duración del sueño oscila entre las quince y diecisiete horas diarias. Podemos coincidir en que “el sueño”, experiencia inherente a los seres humanos, no era una característica preferida ni acentuada en las fotos infantiles de otros tiempos.

No olvidaré que durante décadas, y por causas diversas, la fotografía supuso un gasto oneroso, tampoco que el bienestar y un adecuado entorno para el recién nacido sólo pudo garantizarse con la llegada de modernos equipos, la práctica y el desarrollo del oficio. Estos hechos podrían sostener la idea de que en el pasado, incluso muy cercano, el bello retrato del “niño dormido” no ocupara un lugar preponderante en el trabajo de los fotógrafos; pero ayer, mientras caminaba y pensaba en lo que ahora acabo de escribir para ustedes, consideré que argumentos como los esgrimidos en este párrafo, y otros semejantes, no agotaban mis dudas, que no eran concluyentes, y se me ocurrió dar otro sentido a mis razonamientos.

Opino que la imagen también se manifiesta en la cultura para fundar un lenguaje, que nuestra apreciación del mundo funde lo individual con lo colectivo. Imagino que, tal vez y sólo tal vez, la figura que repite al “niño dormido”, solitario y con su gracioso gorro de lana, bien podría ensayar el trazo de un futuro incierto que todavía no sabemos dibujar en su fotografía, indefensión que buscamos contrarrestar con ese simulacro de retorno a la matriz que representa la infaltable cesta donde se acurruca. Nuestros temores, nuestras incertidumbres. Su inclusión en un porvenir borroso, ¿cruel?, ¿compasivo?, ¿simulado? Todo está allí o todo falta.

En el niño dormido no vemos la lucidez de la vigilia, porque en cierto modo y en el mundo actual nosotros también la hemos perdido.

Con retoque o sin él, el niño dormido no sonríe, o apenas lo hace para que imaginemos que sueña.

Ariel García
Realizador Audiovisual

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