Esta mañana me llamó un amigo, videógrafo; en el transcurso de la charla me confesó que al mermar sus ingresos, a causa de la pandemia, en poco tiempo comenzaría a perder su calidad de vida en necesidades inmediatas. Entre sus preocupaciones, ocupaba el primer lugar la manutención de sus hijos; “otras obligaciones pueden esperar”, dijo. Lo escuchaba intranquilo y reconocí en su voz un grado de ansiedad que me llamó la atención, sobre todo porque él, ante los ojos de sus colegas, se caracteriza por llevar una vida sin privaciones.

Aunque para cualquier actividad mercantil un mes de obligada inactividad no es poco (Argentina), sospecho que la angustia de mi amigo se acentuaba con la combinación de factores que desconozco; hecho que demuestra que detrás (o delante) de cada compañero o compañera existe un mundo, inaccesible en su totalidad a nuestro entendimiento. En este momento crítico, cuando la protección que la política laboral ofrece a los independientes es nula o muy pobre, la condición de mi querido amigo podría ser también la de otros.

Si esto es así, entonces la propagación del coronavirus ha puesto en evidencia la fragilidad laboral de fotógrafos y videógrafos y el carácter inconstante de nuestros oficios, una condición que a algunos no afectaba, otros quitaban importancia y muchos manteníamos a raya. Debo asumir que, al menos para buena parte de nosotros, la práctica del ahorro se alinea principalmente con la compra de equipos. Es cierto que la economía argentina, con sus vaivenes, no nos pone siempre en el lugar del que mayor ganancia obtiene pero también lo es que en incontables ocasiones gastamos un dineral en aparatos, tantas veces innecesarios para la tarea que llevamos adelante, postergando para después la costumbre de separar parte de los ingresos; una reserva de dinero, quiero decir, que nos ayude a sobrellevar imprevistos. No hemos sido los únicos perjudicados, claro; existen innumerables actividades en situaciones complejas, pero a nosotros nos pegará fuerte.

Recuerdo a mi amigo y me pregunto si la impetuosa “necesidad de consumir” no estaría quitándonos, además de la disposición hacia el ahorro, la capacidad de ver nuestras carencias reales. Ahora recuerdo a Huxley, él pensaba que las personas renovaban constantemente su deseo y seguían gastando porque, en una de sus incontables estrategias, el sistema capitalista había asociado hábilmente la “la felicidad” a los bienes de consumo.

Enciendo mi computadora, quiero despejarme un poco porque la conversación de esta mañana me ha afectado bastante.

Entre las fake news que involucran al Papa y la reina Isabel II muertos por coronavirus, llego a un grupo de facebook en el que algunos (o muchos) colegas agitan ese ideal de “hacernos respetar” a cualquier precio y así “dignificar el oficio”, luego a otro donde se revive la machacada idea de organizar una sociedad para reunir a fotógrafos y videógrafos profesionales y, finalmente, a una página en la que se escucha el chamuyo de los workshops, sus recetas maravillosas y proclamas que hablan del ¡Pum, para arriba! de nuestros oficios.

Pero por fuera de estas sobrevaloradas capacitaciones y debates que nos desgastan ha prosperado una revolución silenciosa, extendida un poco más cada día por personas que han sabido adaptarse al entorno, y con esto, obtener ventajas competitivas: los “knowmads” (nómadas del conocimiento).

Autodidactas; creativos, en ocasiones brillantes; generadores de ideas y destacada capacidad de adaptación; libres en su trabajo; dispuestos a los desafíos y a enfrentar conflictos. Los knowmads, están abiertos a compartir lo que saben, sin fines de lucro, y apoyan el acceso abierto al conocimiento y la experiencia; alfabetizados digitalmente, comprenden cómo y por qué funcionan las tecnologías; ven más allá del fracaso; saben reinventarse; se adaptan a diferentes contextos y, entre otras habilidades, son capaces de crear sentido socialmente construido.

A propósito del tema, el término knowmad fue desarrollado en el libro “Aprendizaje Invisible”, y acuñado por los investigadores John Moravec y Cristóbal Cobo. Es preciso aclarar que no hay edad para ser un knowmad, no se trata de una generación, como las conocidas X, Y o Z, el término evoca una cuestión de actitud, una mentalidad decidida a encarar un entorno siempre cambiante.

Mientras me coloco el barbijo para salir a la calle (nos quedamos sin fideos y sin leche) intento imaginar el nuevo escenario de la sociedad pospandemia, inmediatamente pienso en el concepto knowmad y no dudo un segundo que ese estilo revolucionario de trabajo irá imponiéndose ahora con más fuerza, un perfil profesional que acabará definiendo a los fotógrafos y videógrafos del futuro; aunque “futuro” es un modo de decir, porque los knowmads, o nómadas del conocimiento, ya habitan el presente.

Ariel García

Realizador Audiovisual
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