Introducción

En este artículo no me referiré al shortfilm como esa síntesis o compendio del evento que alguno de nosotros suele entregar junto a un trabajo más completo, sino a la composición de diez o quince minutos de duración ofrecida al cliente como único y exclusivo producto de nuestra labor.

He tomado, como ejemplo para desarrollar mi idea, la realización de un video de bodas; aunque los conceptos vertidos a continuación podrán extenderse, además, a otros acontecimientos.

Shortfilm y Microrrelato

Hay escritores que prefieren el cuento a la novela, otros, en cambio, se inclinan por el microrrelato.

Traigo esta correlación porque el universo literario posee muchos puntos de contacto con el realizador de videos y su entorno.

La tarea de compendiar los aspectos fundamentales de una boda en un lapso de quince minutos es, según mi criterio, la versión audiovisual de lo que en literatura conocemos como microrrelato, manifestación cuya peculiaridad es la brevedad. Este género, relativamente nuevo en la construcción literaria narrativa, obliga al lector a imaginar buena parte del contexto, un entorno más o menos complejo y un horizonte extraverbal. De manera similar, aunque en otro terreno, el shortfilm podrá enriquecerse, completarse y fortalecerse con un gran esfuerzo de la imaginación, al que, en determinado caso, se le podrá sumar el recuerdo del espectador. Pero es precisamente en este aspecto donde se presenta el primer problema: la memoria es falible.

El shortfilm, entendido en este contexto como la única alternativa audiovisual de un acontecimiento determinado, tiende a desechar un elemento de vital importancia en el plano descriptivo que Roland Barthes denominó: el detalle “inútil”.

El detalle “inútil” (entre comillas) eleva el costo de la información narrativa pero posee un valor funcional indirecto dentro del relato, indispensable para la ilación y coherencia representativas, el detalle “inútil” provoca y refuerza en el lector una sensación que se ha denominado efecto de realidad. Daré un ejemplo breve de lo comentado.

En el texto “El realizador de videos visita el blog de Punto Magazine todos los días, mientras bebe su café”, encontramos una figura que podríamos calificar como detalle “inútil”: mientras bebe su café; si esta nota no existiera en el escrito la pretensión esencial del mensaje no se vería alterada, ya que lo relevante es transmitir que el realizador visita el blog de Punto Magazine todos los días. Pero ese detalle “inútil” (mientras bebe su café), del mismo modo que funcionaría con la imagen dinámica, dota al enunciado de un plus de sentido, tiende a ensanchar lo representado, nos invita a concebir y completar un contexto.

El rescatador de recuerdos y la trampa del shortfilm

Entiendo que cada realizador de videos profesional desarrolla, a lo largo de su formación, un concepto estético, preformado en gran medida por su modo de ver el mundo. Es por esto que, según mi juicio, si una tendencia se afianza en el entorno donde nos movemos lo más congruente sería adaptar o adecuar algunos de sus componentes a nuestro criterio laboral, los que consideremos podrían dar riqueza al estilo que nos caracteriza, y no a la inversa.

Como rescatador de recuerdos, no aspiro abreviar el alma de una boda en un lapso de quince minutos; quizá se trate de una limitación de mi parte o, sencillamente, que después de veintitrés años componiendo audiovisuales no lo considero recomendable.

Una estrategia de diferenciación dentro del grupo profesional, un estilo recostado en el esnobismo, adaptar el producto a los impedimentos de una cámara que no ha sido construida especialmente para grabar videos… Cualquiera fuera la limitación o el propósito que nos llevara a intentar imponer un shortfilm como única alternativa en la realización de un video nos convierte en los primeros responsables de la borradura del recuerdo. ¿Quién querría encargarse de instalar la elegancia de lo efímero?, ¿el estilo de lo momentáneo?, ¿la virtud de lo pasajero?

La realización de videos, como concepto laboral y profesional, basa su fortaleza en nuestra capacidad sensible para reconstruir las emociones que, en cierto momento, hemos logrado recoger; en la fidelidad de ese barullo de impresiones y entusiasmo que quien nos ha contratado reavivará en la película que supimos componer. Resumámosle al cliente los afectos, neguémosle el detalle “inútil”, acortémosle el tiempo y sosiego para emocionarse y lo acostumbraremos a una ceguera afectiva que acabará por convertir nuestro trabajo en el mejor cómplice de su olvido. Cuando tus videos y los míos dejen de estremecer no existirá una causa valedera para registrar el acontecimiento, le habremos puesto la tapa a este oficio. ¿Y el arte?, preguntará el cinematógrafo de bodas, y yo responderé que creo en la manifestación artística con todo mi corazón, pero que “arte” es un término muy resbaladizo, predilecto de caraduras y adulterado por sinvergüenzas y tramposos de buena fe, por lo que prefiero no confiar a los “artistas” el rescate de los recuerdos.

Releyendo los últimos pasajes de este escrito, advierto que el mensaje conlleva cierto toque “apocalíptico”, por decirlo de algún modo; quizá se deba a que, pese a los años transcurridos, no he podido olvidar una experiencia que suele volver de vez en cuando a la memoria; se trata de las palabras que una mujer, cuya vivienda y pertenencias cubriera el agua en una de las inundaciones de Santa Fe, pronunciara ante la cámara de unos de los canales locales. El entrevistador le preguntó cuál había sido el costo estimado de las pérdidas ante el desastre, ella respondió que no lamentaba tanto lo que, con dinero, tarde o temprano podría recuperar, pero las fotos, prosiguió, las fotos que quedaron bajo el agua son recuerdos que no volverán, desaparecieron para siempre.

 

Ariel García
Realizador de Videos

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