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Este artículo resume la conclusión de un texto más extenso, si bien he intentado transcribirlo aquí como un apartado comprensible para el lector, puede presentar algunas nociones cerradas, omisiones y exposición de criterios sin una explicación suficiente. Para los colegas interesados en acercarse al texto completo, donde expongo los conceptos y hechos históricos desde los que parto para desarrollar mi análisis, dejaré un enlace, bajo el último párrafo.

Con la posmodernidad y la acometida de las religiosidades alternativas La Imagen se vuelve más palpable y, en cierto modo, preferencial. La tecnología está a punto de abrir un boquete en el muro del templo de los fotógrafos y videógrafos sociales. La Imagen sale a la calle. Una vieja señal vuelve a parpadear con fuerza: Dios, La Imagen, está en todas partes. Cualquiera puede encontrar ahora el camino sin la guía de fotógrafos y videógrafos, intermediarios oficiales hasta hace muy poco. Yo tengo para mí que La Imagen se ha multiplicado para sosegar la sensación angustiante que provoca el sabernos mortales.

Un dispositivo de bolsillo basta para reproducir las infinitas caras de La Imagen. Los teléfonos inteligentes incorporan aplicaciones informáticas para conectar con lo supremo. El acto que origina el autorretrato (selfie) se ha convertido en uno de los modernos rituales, la prueba más cabal de que ese fragmento de Dios, La Imagen, existe, que podemos encontrarlo también en cada uno de nosotros.

Como nunca antes, la fotografía habla ahora de otras fotografías y éstas de lo que somos. Fotografía y video se renuevan desde las masas. La multitud eleva a la venerada Imagen hasta una tribuna con tono de promesa, la promesa de que muy pronto volverá, en unos minutos o una hora, mañana y pasado, en cualquier momento, rompiendo con el tradicional concepto de que en la vida de las personas sólo “deben” fotografiarse o grabarse momentos “especiales”. Las fotos que ayer sobresalían en las paredes del hogar están “colgadas” hoy en otros muros, porque la idea de privacidad ha debido girar para permitir la paradoja de lo multitudinario. Las redes sociales se han vuelto templos públicos donde se adorara a La Imagen. Las figuras ordenan la realidad. Aquello de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza nunca fue tan real y cierto.

Las manifestaciones de La Imagen se han tornado diversas e indelebles, se masifican. Ahora bien, ¿qué sucede cuando la entrada al santuario está en el bolsillo, en millones de bolsillos y al alcance de la mano?, ¿cuando el estudio del videógrafo ya no es el asiento del lugar sagrado? Sucede, fundamentalmente, que aquellos intermediarios oficiales también pierden rango y posición. En la actualidad, fotógrafos y videógrafos intervienen sólo en algunos de los tantos modos de expresar La Imagen, no “el único”, “no el mejor”.

Estos sucesos han tomado desprevenido a un sinnúmero de profesionales que desde hace tiempo vivimos del video y la fotografía, quienes, en mayor o menor medida, permanecemos sorprendidos frente al estallido tecnológico que multiplicó a Dios, La Imagen. Además, muchos presencian aturdidos la avanzada de “los nuevos”, los ven como una legión que, sin saberlo, irrumpe en el oficio sagrado de otro tiempo para acelerar su proceso de disolución.

Numerosos fotógrafos y videógrafos se preguntan por qué parte del público prefiere, en ciertos casos, una manifestación de La Imagen lograda mediante un teléfono móvil y no la que ellos serían capaces de ofrecer. Se animan y desaniman en los grupos de facebook, esos nuevos consejos religiosos donde barajamos soluciones mundanas o trascendentes. No comprendemos por qué ese Dios, La Imagen, al que durante tanto tiempo y con fidelidad interpretamos, se ha uniformado con la tecnología para recrearse y desparramarse desde miles de pantallas de cajitas multicolores, despojándose de las diferencias, diferencias que, por lo demás, se vuelven cada día más imperceptibles o aceptadas como posibles.

Ocurre que todo puede ser de otra manera. Una considerable porción de “el gran público” aprueba tanto fotografías o videos tomados con un celular como los realizados por profesionales, todos constituyen manifestaciones de la misma entidad, porque La Imagen no es una divinidad que acentúa los contrastes ni la idea de los opuestos, sino una que incluye la totalidad de las partes. La imagen se basta a sí misma para ser lo que es y, una vez alcanzada, no necesita de otra cosa para existir. En este nuevo orden social tiende a desaparecer la idea del mal, de “lo que está mal”. El bien y el mal ya no son polos extremos sino calificaciones discutibles que pueden ser defendidas tanto a favor como en contra. La esencia del video y la fotografía ha fundido su relación con el resto de las cosas.

Nos guste o no, este fragmento de Dios, La Imagen, que irrumpe en la posmodernidad, acentúa el cambio y la conciencia de lo transitorio. Ya nadie puede hablar en nombre de La Verdad porque La Verdad no existe, todo es interpretación. Este nuevo Dios, La Imagen, ha habilitado otras miradas, rompiendo con las formas binarias que hacían de una fotografía “buena o mala”. Ha descentrado los sentidos que los videógrafos y fotógrafos indicábamos o imponíamos como correctos. Ya no hay fotos o videos “malos”, salvo para la noción valorativa del fotógrafo o videógrafo en busca de un pasado que siga narrando su existencia. Para las generaciones ávidas de experiencias de novedad, que habitan fuera del “campo profesional”, el presente es el mañana. Ya no hay videos ni fotos malos, salvo para quienes no han intuido que gran parte de la sociedad lee ahora los nuevos testamentos que ha dictado La Imagen. Me arriesgo a afirmar que hasta aquel videógrafo social que sus pares han etiquetado como “moderno” puede ser un conservador de las estructuras si su innovación no descubre lo que para el tradicionalista permanece oculto.

La Imagen llega para remediar, como nunca antes, la sensación de que el pasado no queda en ningún lado; y si bien es cierto que parte de él puede recuperarlo la memoria, ésta lo hace de manera condicionada, ya que para volverlo al instante presente es preciso narrarlo, contarlo con palabras, con texto. La Imagen llega, para bien o para mal, impregnada de un perfil absolutista, buscando ostentar la totalidad del poder, rasgo de un antiguo Dios unitario.

El videógrafo social ha muerto.

El fotógrafo social ha muerto…

… o mejor: han muerto tal y como los veníamos concibiendo a lo largo de las últimas décadas, ya no son los “poseedores del fuego”. Han perdido centralidad. Ha muerto una forma de pensar la fotografía y el video, una forma exclusiva de ordenar la realidad de La Imagen. Con limitaciones o sin ellas, los miembros de la sociedad que hace posible la existencia de fotógrafos y videógrafos comienzan a tomar distancia de los corsés y condicionamientos históricos para emprender su propio lenguaje de La Imagen. Anhelan comunicar, pero dando también espacio progresivo a un susurro o un grito que exprese autonomía, independencia.

La Imagen quiere multiplicar su alcance, invadir los medios de comunicación, decir la verdad y la mentira, ensayar lo irrelevante como forma imposible de lo primordial, entretener, persuadir, pisotear las intimidades, sumirse en el amarillismo y regresar, contrainformar, conspirar, denunciar, delatar… Al fin y al cabo una diosa puede travestirse, transformarse o reinventarse, e incluso matar, pero nunca, nunca, morir.

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Ariel García
Realizador Audiovisual
Ariel García

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