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“La sencillez y naturalidad son el supremo y último fin de la cultura”

                                     Friedrich Nietzsche

Con el tiempo, y seducido por la afición, he logrado reunir una buena cantidad de fotografías antiguas. Prefiero las que incluyen individuos o grupos de personas, en entornos y circunstancias diversas. Jamás pretendí conformar colecciones, en el estricto sentido del término; se trata de una compilación sin orden aparente, fotos que, por cuestiones dispares, estimularon mi imaginación o, especialmente, me cautivaron. Este verano, mientras intentaba ordenarlas (clasificarlas sería imposible) advertí una característica que, en mayor medida, se repetía en todas, una constante que hasta ese momento había pasado por alto y, sin embargo, presiento jugaba un papel importante tanto en la elección de las fotografías como en el encanto que aún me provocaban: la sencillez.

Con este concepto no aludo a la ausencia de adornos, ya que muchas imágenes contienen telones pintados, decorados configurando modestos dioramas y ornamentos; tampoco a la postura o actitud de las personas, que, en ocasiones, pueden presentarse sobreactuadas y extravagantes. Me refiero a la facilidad con que puede comprenderse la intención de la fotografía, el conjunto de señales, el “anuncio”; hablo del grato esfuerzo de la imaginación para deducir la naturaleza de la construcción visual. Como si los hacedores de aquellas fotos detestasen el sobrentendido de difícil discernimiento y buscaran conquistar la armonía o riqueza simbólica en recursos sin rodeos ni deducciones intermediarias. La foto como un “rayo visual” invertido, que parte del papel al corazón del observador, sin mediadores. La sencillez. La belleza.

Es cierto que no todos admiramos las cosas de igual modo y que existirá un buen número de personas que hallará lo bello conforme a principios estéticos que no son los míos, pero también lo es, por lo menos en el ámbito de la fotografía “social”, que cuando un profundo vacío en la formación profesional se funde con la obsesión de maravillar a colegas y clientes el resultado puede ser angustioso, me refiero a que el producto corre el riesgo de volverse inoportuno y fuera de sentido. Ahora recuerdo a un cliente que, una tarde, me llamó desorientado; dada nuestra amistad buscaba mi opinión respecto a las fotografías que, unos días antes, le entregara un colega al que yo conocía muy poco. Creo que algunas fotos no están bien ―me dijo―, te juro, Ariel, no comprendemos el motivo por el cual el fotógrafo las sacó de ese modo, hay muchas que “no se entienden”.  Me llamó la atención que una persona a la que consideraba muy lúcida no “entendiera” la intención del fotógrafo. Soy realizador audiovisual, le recordé, quien tiene las respuestas no soy yo. Ante la insistencia, y aprovechando que vendría a mi estudio, accedí a que trajera las fotos. Sin palabras. Sabiendo que mi cliente tenía razón, me costó la defensa de alguien que, si bien apenas conocía, me había caído muy bien la noche de la fiesta. Abreviaré la conclusión con las palabras de mi cliente: “aquí hay fotografías que no tienen razón de ser”. Quiso decir que no encontraba un argumento para su existencia. El fotógrafo contratado para aquel acontecimiento, quizá en un desafortunado ensayo por destacarse o “ser diferente”, había roto la isotopía, esa que daría homogeneidad de significado a determinadas fotografías, y con ello las despojaba de sentido, nublaba su cometido. Redondeo este párrafo con aquel adagio que mencionaba a un gallo que “de puro fino no cantaba”.

Cabe aclarar que este artículo no desestima la experimentación del fotógrafo ni el legítimo camino de la innovación, tampoco las aspiraciones tendientes a perfeccionar su obra. Comparto la idea de que fotógrafos y realizadores audiovisuales sigamos ostentando la potestad de enriquecer o desarrollar nuestro trabajo en la dirección que consideremos conveniente. El argumento de esta nota busca escarbar en el rastro de “la fotografía extraviada”.

Arte

Casi rodeado por los incansables disparos fotográficos que, en la fiesta de bodas donde me encuentro trabajando, efectúan usuarios de teléfonos inteligentes (smartphones) digo que, tal vez y más allá de la facilidad, también se esconde en el acto de estas personas la pizca de una intención: el deseo inconsciente de registrar un instante sin ambigüedades ni retoques, “las cosas como son”, un momento que el paso del tiempo no encuentre inverosímil. Un compañero, fotógrafo, me responde que eso está muy lejos del arte y que lo suyo es la fotografía de autor donde, como sabemos, “no se evalúa la técnica ni una fotografía en particular, sino el arte de trabajo más amplio del fotógrafo”. Luego pretende conferir al arte el atributo de la dificultad, lo que, según mi criterio, es un burdo error.

Considero que cuando nuestra obra, con su estética y su dinámica, logra mover o despertar emociones en el cliente acariciamos una manifestación artística; y esto puede lograrlo, ante todo, un fotógrafo sensible. No importa el status social, no importa si nosotros consideramos mediocre o sublime su trabajo, sólo importan el vínculo que entre él y el cliente se ha celebrado y la conmoción afectiva que provoca el producto, ¿intensa?, ¿breve?, no interesa: el fotógrafo ha impresionado al cliente, quien alcanza a advertir cómo, un acontecimiento en cuya acción ha tomado parte, tiende a completarse desde los ojos del otro, los ojos del fotógrafo. El trabajo del fotógrafo ofrece una nueva perspectiva a la memoria del cliente.

A punto de finalizar el artículo, recordaré a Peter Brook; aquel reconocido director de teatro, destacado, además, en disciplinas como el cine y la ópera. Para Brook, en el proceso creativo, la sencillez y la pureza son una meta, nunca un punto de partida. “Son un fin. No un principio. El camino a la sencillez está lleno de complicaciones y de esfuerzo.”

 

Ariel García
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