Por lo menos en Argentina, el público general suele llamar “filmadores” a los realizadores audiovisuales. Quienes ejercemos la profesión sabemos que, salvo situaciones excepcionales, “grabamos”, no “filmamos”, pero el término se ha extendido y definido en nuestra sociedad al punto de no necesitar mayores explicaciones. Aprovechando el plus de sentido que posee la palabra y entendiendo al “filmador” como aquel profesional respetable que, además, hace tiempo desempeña el oficio, he escrito una serie que consta de cinco relatos; el último de ellos, El otro “filmador”, ya ha sido publicado en Punto Magazine, los otros cuatro aún no, y he pensado intercalarlos con los próximos artículos.

El hijo del “filmador”, es el título de la historia que hoy dejo para ustedes.

 

El hijo del “filmador”

El hijo del “filmador” camina dos pasos detrás de su padre. El brazo derecho, con desmedido esfuerzo, acarrea el bolso, mientras el izquierdo apoya un monópode sobre el hombro. El filmador dice que lo baje, que se parece a él cuando, en la adolescencia, salía a cazar palomas con el rifle Diana 4 y ½, que no es ese el modo de transportar el accesorio.

El chico lleva puestos un saco que antes perteneciera a su primo, demasiado holgado para sus diecisiete años, y una corbata mal anudada. Mientras el filmador estira el lazo irrumpen en su memoria una tarde calurosa de febrero, los rostros bronceados de los recién casados y una caja baja y alargada, con una tarjeta suelta en el interior. Mientras la pareja disfrutaba su viaje de bodas, bajo el sol de Acapulco, ella mencionó al realizador que habían elegido para recoger las ilusiones que aún titilaban en sus retinas, “un tipo sensacional, reprofesional”, dijo, marcando la primera erre y moviendo la cabeza hacia ambos lados, “un compinche”, cerró él, sin dramatismo. También lo recordaron en el portal de la iglesia, la cámara envuelta con una gabardina azul y la ropa mojada por la lluvia. Entendieron que aquel presente, una corbata de seda trazada con ribetes negros y celestes, sería una clara muestra de gratitud.

Sólo es cuestión de pasar la parte más ancha por aquí… la angosta debajo… ajustar un poco… —detalla el filmador a su hijo, que, con la cabeza echada hacia atrás y el brazo en alto, se las arregla para enviar un mensaje de texto desde su celular—, ahora es otra cosa… ¡Dejá el teléfono, por favor! —brama desde el vestíbulo del salón de fiestas.

Como un experto, indiferente a los pormenores ajenos a su especialidad, el hijo del filmador desenrolla y oculta los cables junto al zócalo de la pared principal; su padre, en silencio, observa el resultado de la primera prueba de cámara. La fricción entre ambos había despedido nuevas chispas la mañana de ese sábado. La mamá del chico, intentó sosegar la discusión con el tono apaciguador de siempre pero no logró el éxito de otros días: su hijo se despide, ahora, con la rotundidad de un portazo y su esposo descarga la mano abierta sobre la mesa de madera.

El hijo del filmador no quiere filmar.

El filmador: treinta años de experiencia y una abultada clientela a la basura ¿Bellas Artes? Te vas a morir de hambre ¿Por qué creés que, a mi edad, sigo sin poder gozar un fin de semana pleno, en familia? Para dejarte un camino mucho más llano que el que a mí me tocó transitar. Ni te imaginás el tamaño de las piedras que tuve que apartar para que vos, en el futuro, no tropezaras ni te rompieras la cabeza.

El hijo del filmador: mamá y yo solos. Niñez acurrucados en la cama grande. Papá está trabajando. Al anochecer cien llaves y trancas a las puertas y el teléfono sobre la almohada hasta la madrugada. Fin de semana ¡shhhh, papá duerme la siesta! ¿Tampoco este sábado? pregunta otra chica, en otra calle y con otro nombre. No puedo dejar en banda a mi viejo, es la época fuerte del video.

El hijo del filmador no quiere filmar.

El “oficio” lo golpea con cada palabra de su padre: ¿observaste cómo se movían mis pies en el momento que bailaban el vals? La cámara no cae, baja. Tu cintura es la que gira. En circunstancias como estas, es necesario contener la respiración para que la inspiración y espiración del aire no se trasladen a la grabación con el típico movimiento del subibaja. La cámara flota en tus brazos, viaja. El verdadero profesional no observa a la gente como lo hace un invitado, sus ojos son la suma de todos los ojos…

El hijo del filmador es impermeable a la voz de su padre. Los conceptos son piedritas de colores que nunca llegarán al oído, chocan contra sus hombros y se precipitan a la alfombra manchada de la pista de baile para desaparecer con la luz.

La noche terminó, o mejor, comienza el día. Hoy es Domingo de Pascua. El viaje de vuelta a casa no será breve y el pibe descansa, dormido, con la cabeza inclinada sobre el asiento del coche. El hombre conduce y, con el permiso de una ruta tranquila, recorre el rostro de su hijo. Sin un propósito lógico intenta crear, para su memoria, una secuencia de cuadros que plasme aquel instante pero, repentinamente, en la serie se cuela la imagen persistente del niño que una mañana de domingo lo llama en vano, de pie junto a su cama, con una pelota de fútbol y un par de botines que no estrenará ese día; entonces comprende que esa noche ha sido la última. Con una mueca semejante a una sonrisa teñida de desconsuelo el filmador pronuncia, despacito, hasta el final, las estrofas de un verso de Khalil Gibran que comienza así: “Tus hijos no son tus hijos, son los hijos y las hijas de la vida…


Ariel García
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