Aunque podríamos convenir en que “escribir mal” no equivale a “pensar mal” la forma de la palabra es tan profunda y ribeteada que “escribir bien” sí podría evocar al individuo que “lee bien”. Lo que acabo de exponer es el resumen de un concepto mucho más complejo, porque cuando anoto “leer bien” quiero, además, posar un pie (o un ojo) en el terreno de la etimología.

Confieso que a partir del momento que comencé a interesarme por escudriñar el origen de las palabras y la razón de su significado mis lecturas ya no fueron las mismas, me gustaría creer que tampoco mi modo de escribir y de ver el mundo.

Si se me pidiera definir uno de los rostros del lenguaje humano, el que considero más atractivo, propondría proyectar en nuestra imaginación una colosal pared repleta de boquetes; cada abertura representaría el cuerpo completo de una sola palabra, abierta a una franja de la historia. Si, por ejemplo, asomara mi cabeza por el orificio en cuya orilla está escrito trabajo, podría enterarme que este término quizá provenga de tripallium (tres palos). Tripallium se refiere a un yugo en el que los esclavos eran amarrados y azotados, se aplicaba como castigo; es decir que la palabra se asocia con “dolor”. Algunos eruditos sostienen que la etimología es incorrecta, para relacionarla con la actividad de los siervos, opuesta a las tareas más “nobles” que llevaban a cabo “hombres libres”. Otro claro ejemplo sobre cómo un solo vocablo encierra mucho más de lo evidente es ramera, aplicado a las chicas que ejercen la profesión más antigua. Las hieródulas eran sacerdotisas del mundo grecorromano; al llegar ciertas fechas, consideradas sagradas, mantenían relaciones sexuales con determinados hombres. Estos festivales tendían a decorarse con flores y ramos. Al pasar el tiempo, imitando esa tradición, las prostitutas de la Edad Media marcaban las puertas de sus casas con ramos de flores, para que nadie confundiera la entrada en caso de necesitarlas, de allí el nombre ramera.

La palabra es expresión abierta a una franja de la historia, es por esto que su escritura imprecisa la convierte en una puerta con tranca.

Se me ocurre que en algunas comunidades virtuales se refuerza la falsa idea de que el conocimiento es progresión cuantitativa, se desatiende el empeño orientado a consolidar aspectos cualitativos y, del mismo modo que descuidamos la escritura (y destrozamos la etimología), se cortan y cosen retazos de conceptos para constituir ambiguos fundamentos.

Muchos compañeros podrán pensar que nada tiene que ver este artículo con la realización de videos. Bueno, creo que esto podría ser cierto si trabajásemos en la soledad de una atalaya y sólo grabásemos los acontecimientos que caben en el marco de la única ventana del torreón, pero cada uno de nosotros se relaciona a diario con otras personas articulando palabras y, especialmente en nuestro trabajo, con una mutante especie de mil cabezas llamada “cliente”; es sumamente importante, para anudar diálogos concretos y sin vaguedad, contar con el buen manejo de la herramienta del lenguaje.

Es posible que sea justo o no pero también se nos juzga por la manera que escribimos y hablamos, el buen dominio del idioma se convierte en una condición valorada por el lector, interlocutor o el oyente. Son innumerables las culturas que han dado a la palabra manifestación divina; se dice que Itzanmá, a la cabeza del panteón maya, dios de los cielos, la noche y el día, fue el inventor de la escritura. Todos recordarán la confusión acaecida en la construcción de aquella obra que pretendía alcanzar el cielo, la mítica Torre de Babel; la Biblia nos cuenta que Dios, a fin de que la edificación no prosperara, hizo que los trabajadores comenzaran a hablar lenguas diferentes.

Claro que no todos los actos humanos se reducen o circunscriben sólo al terreno de la palabra. Lao Tsé escribió que con buenas palabras se puede negociar, pero para engrandecerse se requieren buenas obras, y esto es cierto, al igual que la frase atribuida a Esopo quien argumentaba que las palabras que no van seguidas de hechos, no valen nada. Pero también es verdad (y ahora recuerdo a Mark Twain) que la diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta, es la existente entre el rayo y la luciérnaga.

Ariel García
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