Un relato verosímil

Atardece y el primer filmador recorre una calle nueva, desamparada por el asfalto. Camina preocupado porque la mancha de transpiración sigue extendiéndose por su camisa, precisamente bajo el brazo que sostiene un bolso gastado; al pasar, un peatón curioso, intenta leer lo escrito en la cara externa, pero PANASONIC, la palabra original, ha perdido las primeras dos sílabas y la última letra, es por esto que el desconocido proseguirá un tramo con la idea de que en un tiempo lejano aquel bolso habría llevado escrito un nombre de mujer, al que ahora le falta una “A”.

Con un gesto ligero mira su reloj. Es temprano. Explica al mozo del bar que una “lágrima” es un pocillo cargado con leche y un “chorrito” de café. No, edulcorante no, azúcar, por favor. Gracias.

El primer filmador dice que los pibes ahora “graban”, no “filman”, que se largan sin conocer el oficio y no saben portar el equipo con elegancia. Hace unos días, en el Parque Independencia, vi un chico que no sobrepasaba los veinte años, llevaba la cámara como quien carga una sandía bajo el brazo. Te digo que se pierde el amor por la profesión, esperá un poco y vas a ver.

No quiere escuchar hablar de “casetes chiquititos” ni “tarjetitas”. Vos dejame con el Súper VHS que es sólido y fuerte, un formato con presencia, ¿la cámara?, tiene unos años, verdad, pero es de primera mano, sabés que soy el único que la toca y de qué modo cuido las herramientas de trabajo; alguna que otra línea o colita de pescado me hace, claro, pero se debe a las cintas malas, ya no se consiguen Made in Japan, estos chinos enmerdaron el mercado y arruinaron al buen profesional.

Él, como nadie, conoció los mimos del cliente. Venían a buscarme desde Córdoba y Buenos Aires, recuerda. En aquel tiempo eran pocos los que sabían operar correctamente una cámara, en la zona estaba prácticamente solo, no había competencia; me fui del canal porque vi el negocio, en seguida supe que el video sería un boom y no me equivoqué. Por supuesto que me la jugué, tenía cerca de cuarenta pirulos y una familia que mantener pero el tiempo me dio la razón, un año después juntaba plata con la pala, ganaba lo equivalente a cinco o seis sueldos de la televisora y en menos de cuatro compré la casa en que vivo ¿sabés lo que vale ahora ese departamento? Un día llegó un tipo de Tandil, se casaba la hija, hicieron una fiesta para cuatrocientas personas. Cuando terminé de filmar, cerca de las siete de la mañana, saqué el segundo VHS de la cámara, si la memoria no falla era una M5, lo puse junto al primero dentro de una cajita pituca y se la di… sí, sí, sin editar las cintas; el hombre no lo podía creer, “es un genio”, me dijo, para revelar un carrete de tres minutos en Super 8 el laboratorio me hace esperar dos meses y usted me entrega en el acto más de cuatro horas de video. Sí, sí, siempre Panasonic, M5, M7, M8000… esa sí que era un fierro.

El fotógrafo, ocasional compañero en esa noche, no le creerá cuando mencione la cifra que representa el número de casetes que anotó en su último inventario. Los guardo, nunca borré un original. No, no están en el estudio, son tantos que no sabría dónde ponerlos, los conservo en la pieza que dejó mi hija cuando se casó.

A veces siente la burla de algunos colegas, en los Registros Civiles, por ejemplo, cuando lo ven llegar abrazando un equipo de otro tiempo, como una figura extemporánea dibujada en la primera página de un viejo manual de videocámaras, con la corbata azul marino y su traje de siempre, pero no le importa… o si, bueno, un poco, pero sobre todo por “una cuestión de respeto”. No me conocen, dice, sino vendrían a pedirme autógrafos.

Anochece y el primer filmador no olvida dejar una propina en la mesa del café. Dicen que ronda los setenta, que está cansado, que recalca a quien quiera escucharlo: este no es un buen momento para invertir en nuevos equipos; pero si pasara a tu lado, estimado lector, no verías a un hombre derrotado sino a un caballero amable y honesto que te cedería el paso, un compositor de espejos rotos donde, antes, reverberaba la felicidad, un nostálgico que soporta dignamente esos bruscos empujones que saben dar los buenos recuerdos cuando llegan como manotazos en la espalda.

Retoma el camino, preocupado porque la mancha de transpiración sigue extendiéndose por su camisa, precisamente bajo el brazo que sostiene un bolso gastado. En pocos minutos llegará al salón de un barrio suburbano y, mientras enchufe y oculte bajo una silla el cargador de pesadas baterías, responderá por centésima vez a un mozo que conoce: ¿pensar en retirarme?, ¿dejar de trabajar? Vos estás loco; si me sacás esto me muero, viejo, me lleva la tristeza.

Ariel García
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