photo Filosofiacutea del Video Social 14_zps1vox7vxk.jpgUna pose para el asombro, acompañada de una mirada escrutiñadora, no alcanza para definir la idoneidad del fotógrafo ni explicar la destreza del realizador audiovisual. De por sí, una gorra con la visera vuelta hacia atrás no nos transforma en cineastas; será, lo acepto, muy efectiva para que el sol del verano no nos achicharre la nuca, pero no pidamos más que eso. Tampoco nos convierte en expertos el entusiasmo que nos anima a asistir a un workshop ni la genuina ilusión que quizá nos embargue tras haber concurrido; quien cree que dos o tres talleres intensivos transmutan a un aficionado en fotógrafo o videasta competentes está juzgando erróneamente. Presumir haber alcanzado el profesionalismo porque nos enseñaron a programar un plano secuencia desde la panza de un workshop es comenzar a edificar las bases de los futuros conocimientos sobre cimientos de celofán, una pauta nociva para el principiante que quiere aprender, pero lo es mucho más cuando ese concepto de “profesionalismo inmediato” parte de quienes organizaron el encuentro, cuando promotores y disertantes propagan entre los asistentes el germen de esa convicción. La firme obtención de nociones y experiencia requiere la inversión de un esfuerzo mayor.

Dadas las diversas interpretaciones a que está expuesta la palabra escrita, intentaré despejar cualquier duda. Yo apuesto a la continuidad de los workshops, los considero muy provechosos cuando propenden a la especialización y, en la medida que sus disertantes reúnan las condiciones necesarias para desarrollar temas puntuales y no aspiren a emular los sermones del Pastor Giménez, también los valoro como manifestación didáctica y destaco por la posibilidad de perfeccionamiento que acercan al realizador. En lo que a mí respecta seguiré asistiendo a los seminarios que considere convenientes y, acorde con mis posibilidades, también dictándolos, consciente de la responsabilidad que ello acarrea. Pero lo escrito no me arrastra a olvidar ni ignorar que para la asimilación organizada de conocimientos existen escuelas y universidades, con talleres sujetos a programas que integran la teoría y conceden suma importancia a la práctica, combinando cursos donde el principiante podría comenzar su entrenamiento ordenado, mientras es observado por personal calificado, establecimientos donde se han coordinado clases orientadas a la participación y formación de personas en los diferentes niveles de su profesión. No desestimo, además y en otro orden, las largas noches acompañando al camarógrafo experimentado y varios renglones de etcéteras.

Me han asombrado las expresiones de algunos organizadores de workshops, también las de ciertos disertantes que de cara al público derrochan ineptitud para exponer conceptos. Si dominan el tema que se empeñan en desarrollar o sólo tienen una idea somera de sus puntos básicos no lo sabremos nunca, porque el modo en que lo exponen revela graves deficiencias semiológicas y una sintaxis oral cargada de imperfecciones. Podríamos convenir en que profesar la docencia sin estar preparados para ello significa, cuanto menos, un acto imprudente. Es bueno reconocer que esto no es así en muchos casos y que también encontramos, para nuestro provecho, ponencias verdaderamente brillantes.

Preocupa observar en qué nivel se le resta importancia al riesgo de que los futuros profesionales del video o la fotografía incorporen el aprendizaje como progresión cuantitativa y desordenada. Considero que a esta falsa presunción debiéramos oponer la idea de un cambio cualitativo y planificado. Es por todo esto, y aun teniendo en cuenta la fragilidad que en ciertos aspectos pudieran presentar algunos centros de enseñanza, que me interesa sobremanera estimar su mérito en la formación del realizador audiovisual. Según mi modo de ver, es precisamente allí, en las escuelas, las facultades, donde las personas con deseos de practicar este oficio hallarán una dirección congruente con sus ambiciones intelectuales y profesionales.

Lejos estoy de las comparaciones difíciles; si bien workshops y escuelas comparten un propósito formativo, sabemos que no han sido concebidos para desempeñar el mismo papel en el escenario del aprendizaje. Pero lo que muchos considerarán una manifestación obvia, puede no ser tan clara para todos. La confusión sobreviene cuando el principiante (quien más me preocupa en este articulo), esa persona que comienza a desarrollar la labor del realizador audiovisual, equivoca, o es inducida a equivocar, las naturalezas de workshop y escuela. ¿Qué le dirán al novato atribulado cuando, pasado un tiempo, descubra que se ha extraviado en el trayecto de su formación? La respuesta será: “La culpa es tuya, no de los workshops”. Como se deducirá, mi texto no coloca el problema en los efectos inmediatos del desacierto, sino en sus derivaciones futuras, que podrían afectar no sólo a individuos aislados sino a toda la comunidad de fotógrafos y videastas.

Somos conscientes de poder practicar lícitamente un oficio sin la necesidad de desplegar títulos académicos; aceptada esta realidad, fotógrafo y realizador responsables diseñan su propia versión de aptitud y seriedad laboral y salen al ruedo, un gigantesco redondel donde los seres humanos, en el afán de asir y descifrar un mundo vasto e incomprensible, tendemos a abreviar, simplificar y generalizar. Dentro del perímetro que acabo de describir también habita nuestro cliente posible.

Lo comentado hasta aquí denota, entre otras cosas, la importancia que como realizadores debiéramos conceder al compromiso con el aprendizaje, al discernimiento crítico y a la imagen, pero no sólo la que contendrá el video final sino también a esa que como conjunto de profesionales exhibimos ante los demás. Cuando escribo “imagen” no estoy refiriéndome a “apariencia” (cosa que parece y no es) sino a aquello que se proyecta o traslada como figura verdadera, eso que el otro hace suyo como realidad.

Por todo esto, y según mi criterio, la instrucción planificada y congruente que persiguen las escuelas en general (insisto, aun con sus limitaciones), constituiría un significativo indicador de preferencia. Quizá, por consecuencia, los centros de enseñanza que más insistan en el progreso de sus áreas pedagógicas y asuman responsabilidades concretas, como garantes de la instrucción y el conocimiento crítico, sean quienes eviten que buena parte de un público descontento por obra y gracia del creciente “profesionalismo inmediato”, tome la parte por el todo, generalice desfavorablemente y propague un concepto que, de algún modo, perjudicaría al grupo.

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Ariel García
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