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En esta ocasión me referiré a la práctica frecuente de un acto que los videógrafos hemos extendido en la red informática; costumbre que, según mi criterio, encierra un dilema:

“¿Actuamos conforme a la ética profesional cuando, desde algunos de los espacios que proporciona la Internet, divulgamos sin reserva los audiovisuales que hemos realizado para nuestros clientes?”

Quienes ejercemos este oficio sabemos que las imágenes y los sonidos recogidos en determinados acontecimientos comprenden episodios de la vida privada de las personas, ¿qué causas nos llevan a retirarlos de un terreno cuasi reservado para situarlos en las áreas públicas del ciberespacio?, ¿tentaciones de índole comercial?, ¿esperanzas de ganar nuevos clientes exponiendo la intimidad de otros? Alargo el interrogante hasta los foros y grupos de videógrafos en las redes sociales, ¿se trata de la necesidad de elevar nuestro prestigio dentro de la tribu?, ¿de ser aceptados o reconocidos como uno de sus miembros?, ¿de convertirnos en chamanes depositarios de sabiduría? O sencillamente ¿ostentamos adquisiciones y logros?, ¿fanfarroneamos?, ¿anhelamos la aprobación?, ¿el reconocimiento?, ¿el aplauso? … No tengo las certezas ni todas las respuestas, tal vez nada de lo escrito es admisible, tal vez todo, tal vez sólo las combinaciones disímiles y en consonancia con cada una de nuestras personalidades. No abandonaré el párrafo sin dejar una rendija para los actos más nobles, ya que a algunos compañeros no los impulsará el ego o la vanidad sino el auténtico deseo de beneficiar al clan, esto me consta; en tal caso ¿bastan los argumentos de carácter altruista para justificar la indiscreción? ¿Y si no fuese indiscreción sino una suerte de acto irreflexivo, sin deliberación?

Hace algún tiempo, junto a otros compañeros, viví la experiencia que me acercaría una conclusión posible a este dilema: ¿Y si al estímulo que rige la tendencia a divulgar los audiovisuales que hemos realizado para nuestros clientes lo constituyera un insólito principio de propiedad?

Ante un grupo de colegas (mesa de bar y café por medio) un realizador afirma que el video producido por encargo de un cliente “es nuestro”, que no necesitamos su autorización “para usarlo” y otros disparates por el estilo. Según escucho, no es el único que asume esta postura. A unos les parece lógica y la respaldan, otros la rechazan. El debate comienza a subir el tono. Con ánimo de aflojar la discusión, y consciente de que me desplazo a un extremo en el juego de las comparaciones, arguyo que yo no permito al arquitecto que diseñó mi casa utilizar el baño, tampoco al albañil que lo construyó; además, sería improbable que a alguno de ellos se le ocurriera saltar el tapial si pasara por aquí y tuviera necesidad.

No existen comparaciones exactas, por lo tanto algunos pensarán que no es viable relacionar la construcción de un baño con la de un video, y esto, de alguna manera, puede ser cierto o discutible. Válgame aclarar que el modelo alude al concepto de la intimidad y de pertenencia. Según mi criterio, el cliente es el único propietario del trabajo que hemos realizado, por el cual ha pagado la cifra estipulada por nosotros; incluso, exponer parte de él en nuestro estudio podría ser comprensible para la mayoría (no para todos) pero de ahí a asegurar que las imágenes nos pertenecen es “saltar el tapial”.

Para quienes buscan ser llamados artistas dejo otro interrogante. Guardando las inmensas distancias intelectuales, entre otras, pero persiguiendo los mismos conceptos: ¿Leonardo da Vinci era el propietario de las obras que le encargaban o sólo de su genialidad, el diseño y las herramientas con que las creaba?

Independientemente de los planteamientos volcados en este artículo, que me tiene como su autor, soy videógrafo, por lo que siento la obligación de admitir que también yo he colocado numerosos audiovisuales en la Internet, y aunque es cierto que generalmente contaba con el consentimiento de mi cliente para publicarlos, no apruebo mi proceder ni escapo a la crítica. Cuando percibí que mi comportamiento no era aconsejable dejé de hacerlo.

Si bien mi escrito busca convertirse en percutor de reflexiones, no sería justo que lo concluyera sin manifestar mi posición respecto al tema. En la actualidad, salvo circunstancias especiales y de carácter didáctico o ilustrativo, los trabajos que realizo poco traspasan la puerta de mi oficina, casi sólo en ella los muestro y ante las personas interesadas. Si un compañero me peguntara cuál es la diferencia entre presentarlos, por ejemplo, en un grupo de facebook (donde no los exhibo) y mi estudio o un taller de formación audiovisual (donde sí lo hago, con reservas) respondería que son innumerables, aunque podría resumirlas manifestando que no comparto la idea de una difusión masiva, incontrolada e indeleble de una obra que poco me pertenece, ya que el grueso de los audiovisuales que compongo tiene un cliente.

Una vez más, he querido hacerlos partícipes de lo que pienso. Estimo que la dirección y el objetivo del texto son claros para el lector, aunque no me iré sin recordar a algún compañero despistado que la pretensión de este artículo no es sermonear a los realizadores que exponen trabajos audiovisuales en la Internet; los amigos que lo hacen no dejarán de ser personas dignas de mi confianza y respeto.

Como he manifestado en la primera entrega de este proyecto, la Filosofía del Video Social reflexiona respecto al papel del realizador audiovisual en el escenario social y aborda el conjunto de hechos y circunstancias con los que se topa al desempeñar su labor. Según mi parecer, respuestas claras y concretas a determinados interrogantes permitirán reconocer y actualizar su misión, como también acercarnos a la verdadera magnitud de su rol, sin subestimarlo ni mistificarlo. Los textos que componen el proyecto Filosofía del Video Social constituyen un cúmulo de pensamientos abiertos al intercambio.

Ariel García
Realizador Audiovisual

Proyecto Filosofía del Video Social: https://www.facebook.com/filosofiadelvideosocial

Ariel García

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