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Introducción a la Semiótica

“Semiótica es la disciplina que estudia los signos”. Este enunciado, breve, incompleto y que no me ha costado escribir, será menos manso cuando comience a desmembrar los conceptos que encierra; es por ello que me ha parecido prudente desarrollar el tema en más de un artículo. Mi introducción a la semiótica del lenguaje audiovisual buscará un planteamiento accesible, una aproximación desprovista de pensamientos enredados y palabrería difícil.

Un “signo” trata de representar, al menos parcialmente, un objeto; ese objeto es, en cierto sentido, la causa o el determinante de un signo, aunque el signo represente su objeto falsamente. La frase parece abarcar una noción enrevesada, inasequible, pero créeme que no es así. El signo es aquello que puede ser percibido, comprendido o interpretado por el sujeto; es decir, por cualquiera de nosotros. Una palabra es un signo, el azahar en la solapa del novio que grabaste hace unos meses también lo es, del mismo modo que el ramo de la novia, la música, el coro del templo o la copa que se romperá en la ceremonia de casamiento judío.

El científico Charles Sanders Peirce, considerado padre de la semiótica moderna, entendió que los “signos” podían ser ordenados por grupos y naturaleza. A propósito, se me ha ocurrido ensayar un ejercicio de carácter didáctico; para ello será necesario reanimar a Peirce, revivirlo en estas líneas e integrarlo a un plan imaginario. Apenas escrito esto, el señor Peirce me ha tocado el hombro; quiere hacerme saber que ha aceptado mi invitación a la fiesta de boda, también imaginaria, que he improvisado para este encuentro. ¿Vienes con nosotros?

Ingresamos al salón. En un rincón, apartado de las mesas y oculto tras una cortina, han acomodado un marco pequeño con la caricatura de los protagonistas, en ella destaca una amplia dedicatoria de su compositor: el tío de la novia. Nos detenemos. Desde una perspectiva semiológica, ¿qué podría decirnos al respecto, señor Peirce?, pregunto. El científico ojea la obra, enarca una ceja y sin esfuerzo afirma que se trata de un signo icónico (ícono), puesto que el representamen (así llama él al signo, la caricatura, en este caso) conserva relación de parecido con los referentes, la pareja de novios. No olviden, nos previene, que “signoes aquello que al conocerlo nos hace conocer algo más, algo que está en lugar de su objeto, aunque no en todos e idénticos aspectos. El signo representa y hace posible que pensemos lo que no vemos, remata.

Caminamos por el parque; de pronto, el señor Peirce se detiene para escuchar el canto del jilguero en la rama baja. Unos segundos después, pregunta si aún se conserva la costumbre de tocar música en las iglesias. Asiento con la cabeza. La marcha nupcial, dice, constituye un signo simbólico (símbolo). ¿También la marcha nupcial podría considerarse un signo?, interrumpo algo sorprendido. Claro, responde Peirce; si bien es cierto que la relación existente entre el signo (la marcha de Mendelssohn) y lo representado no se parecen ni se asemejan están ligados por un convencionalismo de orden social. Un signo musical puede ser tanto una composición o su ejecución como el músico y su instrumento. Todo el razonamiento mental se hace con símbolos. El pensamiento sólo es posible mediante signos, agrega el filósofo.

Mientras conversamos, pregunto a Peirce por los signos índice, aquellos que se encuentran en relación de contigüidad con el objeto, ya que no tengo demasiado claro el concepto. Muy fácil, responde, podemos encontrarlos donde existe una ligazón causa-efecto entre representamen y referente. En ese momento, la madrina de boda cruza ligera hasta el predio donde los novios saludan a los invitados. Las lágrimas en ojos y mejillas “indican” emoción. ¡Ahora comprendo!

No vamos. Hasta pronto señor Peirce, gracias por su tiempo.

Desde diversos ángulos, innumerables autores han profundizado el tema: Ernst Cassier, Roman Jakobson, Charles Morris, Noam Chomsky… Me han sorprendido, especialmente, algunos fundamentos de Jan Mukarovsky, crítico literario asociado al Círculo Linguístico de Praga e influenciado por un movimiento que he citado en otros artículos: el formalismo ruso.

¿No se ha ido aún, señor Peirce? ¡Shhhh!, no grite, replica. Parece que quiere enseñarme algo más, porque me conduce hasta la ventana entreabierta de la vivienda ubicada junto a la ochava. Desde allí, también puedo escuchar las notas de una canción que conozco. Mire con disimulo, aconseja. En el interior, una familia se ha arracimado frente a la pantalla para disfrutar un “video de quince”. Si no se pusiera en práctica la semiótica audiovisual, dice Peirce, los integrantes no comprenderían el sentido-significación de las imágenes y los sonidos que componen el audiovisual. Luego, se acomoda el cuello del saco y me insta a no dejar fuera del artículo algunas nociones sobre el pensamiento triádico ni a los muchachos del Grupo µ; gira y desaparece en la curva de la esquina. Quizá en otra ocasión, señor Peirce, murmuro.

Charles Sanders Peirce me contó muchas cosas, reconozco que, en ocasiones, debí pedirle que repitiera algún principio; pero puedo asegurar que, tras las extensas charlas, deduje como nunca antes la importancia de aprovechar conocimientos relativos a otras disciplinas. Y no me refiero sólo a que redundaría en beneficio para nuestro producto inmediato, lo que no es poco, sino también a la incalculable aportación de herramientas cognitivas, imprescindibles para el discernimiento y la penetración en las estructuras semióticas.

Semiótica del video social

Los hechos acaecidos no hablan por sí solos, lo hacen por medio del realizador, a quien, el cliente, le ha conferido el “poder” de narrarlos. El individuo que “escribe la historia”, el responsable de “re-construir la realidad” (volverla a construir) dentro de los márgenes de su obra es el videasta.

El término “poder”, escrito en el párrafo precedente, alude a la potestad que el realizador tiene sobre su producción, a esa facultad que le permite elegir, descartar, corregir, seleccionar, preferir, apartar, omitir, ordenar, compaginar y editar. Ese poder plural emparentado con los privilegios con que cada profesional cuenta desde el momento que comienza a componer el video.

Ahora bien, ¿cuál es el objeto donde se inscribe el poder del videasta? La respuesta es: el lenguaje audiovisual o, para ser más precisos, sus expresiones obligadas: la imagen y el sonido.

Pero en las comunidades humanas, los signos están “multiacentuados”; esto significa que buena parte del material con que opera el videógrafo está “cargado” de ideología, de valoraciones sociales diversas. La experiencia audiovisual se manifiesta en un espacio ocupado por significaciones y convenciones sociales.

Lo expresado también permite deducir que en nuestras realizaciones se superponen dos lenguajes: el del sobrentendido, donde comunicamos por medio de un código verbal o no, y el de la construcción audiovisual, ligado a sus conceptos y fundamentos.

Sin olvidar la incidencia de las innovaciones tecnológicas y los cambios ideológicos, es coherente afirmar que el mundo de significados donde el videasta interactúa con sus semejantes, y su aptitud para descifrarlo, condicionan y determinan su estilo. Cada estilo revela una cosmovisión y, en cierto modo, una forma obligada de ver e interpretar el acontecimiento.

De acuerdo a lo manifestado, y dada la interacción de los sistemas semióticos, sería justo reconocer que “un estilo es el eco de otros estilos”.

El audiovisual conforma un elemento modelizante dentro del mecanismo cultural de una sociedad. Cuando escribo “modelizante” me refiero a su particularidad para “modelar” el mundo del espectador.

Ariel García
Realizador Audiovisual

 

 

 

Ariel García

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