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Un amigo fotógrafo me confesó, mientras conversábamos sobre la evolución de nuestras actividades, que se sentía deprimido por la certeza de ejercer un oficio ” herido de muerte”. 

—Y no sólo el mío —prosiguió—, también el tuyo, Ariel.

Él se refería a la progresión de la tecnología que, además de otras cosas, había equipado a las personas con una cámara en el bolsillo. Entendía que entre el producto y el cliente debía intermediar un “período de espera”, que sin ese lapso, fundamental para el video y la fotografía “sociales”, se extinguía un encanto que sólo podría madurar con el paso de los días. Bastante ofuscado, mencionó que ahora ese “período de espera” se saturaba con las imágenes mediocres que obtenían los invitados con sus teléfonos, tomas insignificantes que, según su pensamiento, eran una suerte de “caricaturas” del buen producto que cualquier fotógrafo idóneo entregaría.

Yo no creo que tuviese razón en todo, más bien considero demasiado severa y angosta su visión de las cosas. Aunque es cierto, sí, que hemos perdido centralidad y asimismo una forma “exclusiva” de ordenar la realidad de la imagen. Los sentidos que los videógrafos y fotógrafos indicábamos o imponíamos como correctos se han “descentrado”.

Si algo ha muerto, en relación con nuestros oficios, es una forma de pensarlos; por esto, creo que atravesamos un buen momento histórico para ensayar su deconstrucción. Es importante dejar claro que “deconstruir” no es “destruir”, por lo menos en el pensamiento de Jacques Derrida, filósofo que ha profundizado la idea y teorizado su ejercicio. La Deconstrucción tampoco es un método sino una estrategia que toma el camino de mostrar por qué los conceptos, las instituciones (y también oficios como el video y la fotografía sociales) se han ido edificando a sí mismos hasta el punto de volverse incuestionables. Iniciar una crítica deconstructiva no significa rechazar la actividad ni dejar de ejercerla sino (para aprovechar un término usado por Derrida) des-sedimentarla, devolverle su capacidad de resignificación y autocrítica.

Un avance hacia la deconstrucción de nuestros oficios abordaría, en algún punto, el concepto de “arte”, que tantas veces involucramos en el proceso de realización. Podríamos comenzar por contrastarlo, por ejemplo, con la idea del pintor mexicano Luis Argudín: “La técnica en el arte tiene un significado diferente al que se le da en los oficios. No construye como el oficio, a partir de lineamientos dados; crea “con” y a veces “contra” el oficio, sobre la nada, sin reglas preestablecidas”. Para proseguir con el pensamiento, bastante cerrado y quizá en decadencia, que pone el destino del video y la fotografía “sociales” sólo en  manos de “profesionales”. A todo esto, y mientras desmontamos algunos conceptos arraigados y presunciones artísticas, tal vez emerja un interrogante: ¿peligra la continuidad de nuestros oficios, en tanto ocupaciones estables a cambio de un salario?

En la actualidad, fotógrafos y videógrafos intervenimos sólo en algunos de los distintos modos de expresar La Imagen, no “el único”, “no el mejor”, y nuestros estudios ya no son el asiento del lugar sagrado. La fotografía y el video, como nunca antes por su facilidad de realización, repercusión, velocidad e impacto masivos, se han convertido en instrumentos semióticos en manos de un poder ciudadano. La fotografía y el video, como canales (ideológicos o no) consolidados, son capaces de trasladar casi de inmediato simples protestas, graves reproches, duras peticiones o piezas inconexas de creencias socialmente compartidas. Buena parte de ese “poder”, que en nuestras manos es o ha sido principalmente labor comercial, ha germinado entre los dedos del público para volverse esnobismo y banalidad, sí, pero también lucha y revolución. 

Dado que la deconstrucción de nuestros oficios no sería posible por fuera , no queda otro camino que comenzar por dentro. Entiendo que “adentro” se vuelve un universo difícil de englobar, por lo que comenzaré dedicando este artículo a los fotógrafos y videógrafos “históricos”, a veces agobiados, a veces conservadores pero fuertemente posicionados, a los más jóvenes, enérgicos y orgullosos de sus oficinas rodantes situadas en el no lugar. A los “viejos”, reprochando por los espacios perdidos, sugiriendo o previniendo, y a los “pibes”, valiéndose de la crítica o arrojándola a la basura, pensando, por suerte, que pueden hacerlo mejor. También a los individuos, grupos, asociaciones y escuelas que cierran posiciones, “compitiendo” en contiendas reales o imaginarias, aventajando y siendo aventajados, ganando o perdiendo de cualquier modo, mimetizándose hasta convertirse en el otro. No olvido, en esta dedicatoria, a fotógrafos y videógrafos que no han comprendido que en la sociedad se han habilitado otras miradas, rompiendo con las formas binarias que hacían de un video o una fotografía “buena o mala”, que el bien y el mal ya no son polos extremos sino calificaciones discutibles que pueden ser defendidas tanto a favor como en contra. La esencia del video y la fotografía ha fundido su relación con el resto de las cosas.

Ariel García
Realizador Audiovisual
Ariel García

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