Otro día caluroso en Rosario. Salgo del estudio, quiero despejarme un poco, pero antes de llegar al bar Wilfredo titubeo y pienso en regresar. La ciudad es un brasero.

Quizá la temperatura, trepando hacia los treinta y cuatro grados, por alguna razón me recordó a Zygmunt Bauman, o tal vez fuera la charla que mantuve esta mañana con un colega; él me aseguraba que la suma de dinero invertida en equipos, el año pasado, no superaba por poco la de sus ganancias, que había vendido objetos familiares y “reventado” la tarjeta de crédito porque no siempre llegaba a fin de mes pero se sentía orgulloso por tener “lo último de lo último” en su bolso de videógrafo. No sé qué me recordó a Zygmunt Bauman, aunque no descarto una combinación de ambos hechos. Lo cierto es que al sentarme frente a la mesa cerca de la vidriera, con la camisa y la cara empapadas, sus nociones de la “modernidad líquida” vuelven a sonar con fuerza en mi cabeza.photog

Pienso, mientras llega mi taza de mate cocido, en nuestros ámbitos laboral y comercial, en cómo han ido volviéndose líquidos, provisionales y agotadores. Videógrafo y Fotógrafo son dos conceptos desintegrados, fluidos; cualquier persona decidida o con capacidad de pago puede aseverar que lo es y, además, “desparramarse” y convencer a otros, aunque su formación sea insuficiente. El triunfo ya no radica en la permanencia sino en el cambio. Las condiciones de expiración de la tecnología ofertada nos empujan a correr tras un tren de satisfacciones urgentes, de ansiedades, de novedades que nos desvivimos por alcanzar. Hoy no nos sirve lo que ayer sí y el porvenir laboral es un plano trazado de enigmas. No poseer el último modelo de cámara implica riesgo de exclusión, ¿excluido de dónde?: de los grupos que se han puesto de moda, de los workshops más snobs, de los espacios que guían a fotógrafos y videógrafos hacia el rumbo de las falsas necesidades.

El filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman comenzó a desarrollar el concepto de la “modernidad líquida” en la década de 1980, o poco antes. Un resumen breve e incompleto nos diría que apunta, entre otras cosas, a la sociedad consumista en la que actuamos, donde todo tiende a volverse flexible, incluso las personas y sus posturas. La modernidad líquida es un tiempo sin certezas, autorreferencial y desligado de las férreas responsabilidades. Lo líquido fluye libremente, se desplaza y filtra de manera momentánea, sin ocupar siempre un lugar concreto o adaptándose a la forma del recipiente. El individualismo se impone y el compromiso mutuo retrocede. Lo que tenemos o percibimos como “nuestro” es cambiante, temporal e inestable, incluso el amor. La metáfora de la liquidez busca un contraste con lo experimentado por las generaciones anteriores, que se desenvolvían en estructuras fijas y patrones más “sólidos”.

En la modernidad líquida, videógrafos y fotógrafos hemos tomado conciencia que somos “cambiables” y por eso buscamos trasladar esa realidad asfixiante a los materiales con los que trabajamos: “cambiamos antes que nos cambien”, ¿parece una locura?, ¿una tontería?, claro que lo parece; pero no es por casualidad que estamos tan preparados para adaptarnos a lo nuevo, tan alertas a las giros de sintonía, tan predispuestos a compadecernos del colega que no ha logrado renovar su equipamiento mientras nosotros protagonizamos las intantáneas del cada día más indispensable viaje iniciático por algún rincón del mundo, tan decididos a volver necesario lo innecesario. Esto crea una situación líquida, ya no sólo en el colectivo de profesionales sino también en la vida de cada uno de nosotros… “como un líquido en un vaso, en el que el más ligero empujón cambia la forma del agua”. Bauman nos habla del aumento de los sentimientos de incertidumbre, de los incesantes saltos en las ideas y las posiciones sociales, del ser humano (del videógrafo, del fotógrafo) “fluyendo en su propia vida como un turista”.

Respecto a las relaciones comerciales o laborales entre colegas, también he observado cómo los compromisos se vuelven provisorios más que permanentes, lo que podría sonar bastante lógico en un escenario de patrones de conducta autoescogidos. Hemos leído que la experiencia de contratar compañeros con quienes sólo se ha tenido contacto por facebook, por ejemplo, no siempre tiene final feliz. Las redes sociales, en el mundo líquido, juegan un papel esencial porque crean un sustituto de comunidad. En ella puedo fluir a mi antojo, borrar, editar, ignorar, ocultar, actuar, mandar al carajo y desaparecer… en resumidas cuentas, la red me pertenece; la comunidad real, en cambio, no: yo pertenezco a ella, una crucial diferencia que transforma nuestro posicionamiento en el intrincado universo de las relaciones interpersonales. Pero claro, en la modernidad líquida netamente individualista los vínculos pueden volverse imprescindibles y también deseados, mientras sólo se trate de lazos válidos en los afluentes de la red informática, por supuesto. Poco importa que el contacto se produzca en un entorno caótico, colectivo y multidireccional, donde buena parte de lo desconocido nos llega sólo con las líneas de sus contornos, incluyendo a las personas. ¡Qué importa! Los seres humanos siempre le hemos temido a la soledad.

Ariel García
Videógrafo

Ariel García

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