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Para esta ocasión elegí la “instantánea”, un género coloquial que acabo de inventar, tan conciso como el relato breve pero semejable a la estampa y la conversación oral y cotidiana, sin eludir la pincelada de humor. Aquí van dos historias cien por ciento verídicas, en las que, por su definición y contundencia, no ha sido necesaria la asistencia de la imaginación. Pueden ser leídas e interpretadas por separado, ya que comprenden sucesos diferentes. Ambos hechos acaecieron en la primera mitad de la década del `90, entre las 03:00 hs. y las 05:30 hs. de la madrugada.

Primera Instantánea: “Champán bien frappé

La fiesta de quince años avanzaba en un ambiente tranquilo; en la pantalla gigante del lugar acababa de finalizar el cortometraje que con tanto esfuerzo habíamos realizado. Pero no es precisamente por este detalle que traigo aquí la historia sino por un hecho singular que me llevó a presenciar una situación como pocas veces volví a vivir.

El párrafo anterior asegura que la fiesta de quince años se desarrollaba en un ambiente tranquilo, pero la atmósfera enrareció cuando la madre de la “quinceañera” solicitó le acercaran un micrófono para dedicar algunas palabras a los invitados. Unos minutos antes, yo había observado cómo el padre de la nena intentaba frenar a su esposa en un disimulado forcejeo, acto que luego asocié con lo que sucedería. Con el propósito de que lo escrito pueda comprenderse mejor, daré algunas referencias.

Mientras componía el corto mencionado más arriba pude conocer e involucrarme, de cierta manera, en algunos pormenores concernientes a la intimidad familiar; era evidente que la mamá de la quinceañera no pertenecía a la misma franja social que su esposo, un empresario que había logrado una elevada posición económica; a la diferencia mencionada, que probablemente pudo constituir un escollo difícil de zanjar ante determinadas personas, se sumaba otra menos terrena: el papá y la mamá de la protagonista de esta fiesta de quince años profesaban distintas religiones.

El filmador se ubica frente a la señora que está a punto de comenzar su discurso, tratando de no entorpecer la visión de los invitados.

Y la señora habló.

Pero habló como pocos imaginaron que lo haría.

Comenzó por sus suegros, a quienes les arrojó los dardos de una verborragia quizá contenida durante años de humillación. El “filmador”, al ver que la quinceañera se levantaba de la silla y corría hacia el baño, seguida por dos o tres amigas, apagó el iluminador y bajó la cámara.

—No Ariel, seguí filmando, por favor… —dijo una mujer que a esta altura nadie se animaba detener.

Luego le tocó el turno a la cuñada, quien ya se había acercado a su hermano, impotente ante la acción de una esposa decidida y con fuerte carácter. El “filmador” siguió filmando, incluso después que el disc jockey, tal vez empujado por alguna seña desesperada, lanzó una tanda de música bailable para ganarse una mirada rabiosa de la mujer que empañó la fiesta de su hija.

No había pasado mucho tiempo cuando la señora se acercó a mí para recordarme que el video debía contener aquellas palabras, sus palabras. Por supuesto, mentí, sabiendo que a los pocos días su marido me llamaría para suplicarme que eliminara esas imágenes, secuencia que jamás verían en la edición final.

—Quiero que la familia de mi esposo, que me hizo padecer durante tanto tiempo, recuerde la fiesta de quince años de mi hija como un momento vergonzoso para ellos —dijo la mujer confundida y al borde del llanto— ¿No te parece?

—Claro señora, tiene razón —volví a mentir, junto a un fotógrafo que asentía para no embarrar más la cancha.

—Mozo, un champán bien frappé para los muchachos —dijo la mujer al joven que pasaba por allí cargando una bandeja de bebidas.

Nunca supe si se arrepintió, si lloró o, en cambio, su vida fue menos pesada a partir de aquel momento.

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Segunda instantánea: “Milagrosa tecnología”

Un treintañero Ariel García, a partir de este acto denominado: “el filmador”, guarda en el bolso su adorada M-9000 S-VHS; ha concluido la jornada de trabajo en una fiesta de bodas muy paqueta, donde el buen champán corrió por todos los rincones del salón. En ese instante un noble caballero, que denunciaba los estragos del licor, se acerca al “filmador” quien no tarda en descubrir que se trata ni más ni menos que del padre de la novia.

—¿Podemos hablar un minuto, Ariel? —dice el hombre.

—Claro que sí, qué sucede…

—Necesito un favor tuyo —prosigue, mientras solicita también la mayor discreción.

—Cuente con mi prudencia, lo escucho.

—Mirá, cómo decirte, viste esa piba… la rubia alta de pollera corta que bailó conmigo. Vos nos filmaste bastante…

—Si, si, la amiga de su hija.

—Si esa, la amiga de mi hija. La reconociste rápido ¿eh? Bueno, me dicen que la tecnología avanza y avanza y no sé dónde leí que era posible, con un programa para computadora creo, eliminar la ropa de las personas en las filmaciones; lo que quiero es que la dejes desnuda… para ser directo y sin vueltas: “me tiene loco”.

El “filmador” ya entendió la causa de tanto secretismo y, aguantando una carcajada que se desborda, le responde que quizá el fotógrafo sepa algo de esa novedosa tecnología (necesita un cómplice y testigo con quien compartir, después, libres carcajadas) y, con un gesto moderado, lo suma a la conversación.

Ojo, muchachos —prosigue el hombre— yo no pretendo que ustedes me regalen el trabajo, lo pagaría muy bien; pero de esto ni una palabra a mi hija. Ella con su video de bodas y yo con el mío ¿se entiende…?

Muchos años después, tomando un café con aquel querido amigo, el fotógrafo, recordábamos lo sucedido y, entre risas, lamentamos que la tecnología no llegara a los extremos requeridos por aquel hombre obsesionado y, por qué no, aquejado por un continuo sufrimiento: la amiga de su hija. En tal caso hubiésemos podido hacer una buena diferencia.

Ariel García
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