“Diógenes nace en Sinope, ciudad de Asia Menor, hacia el 412 a. C., vive en Atenas y muere en Corinto, en el 323 a. C. El rastro de esta crónica no tiene en sí misma nada de singular, pero Diógenes fue capaz de dotarla de contenido significativo. Ninguna ciudad lo atrapa, a ninguna ley ciudadana se debe; sólo a sí mismo guarda obediencia. Cuando le preguntaron de dónde era, contestó: «Cosmopolita» (ciudadano del mundo). La tradición ha atribuido a Diógenes de Sinope osadía e independencia ante los poderosos, según lo que de él se ha contado, vivía en un tonel…”

―¿Quién es usted y qué hace aquí? ―pregunto al ser ambiguo, andrógino, que, portando una linterna encendida, irrumpe en mi habitación.

―Mi nombre es Internet de California. ¿Qué hago aquí, además de interrumpir su lectura? Busco La Certeza ―responde―.

―¿La Certeza?, no sé de qué habla, tampoco cómo entró en mi casa sin que escuchara sus pasos. Si señala algunos detalles, quizá pueda ayudarlo… o ayudarla, a encontrar eso que, al parecer, tanto la preocupa; de otro modo váyase, estaba a punto de apagar mi notebook y acostarme a dormir. Es tarde ya.

―No se ofusque. Siéntese en la cama, por favor, y concédame su atención unos minutos ―pide la voz amigable de Internet de California―. Intentaré una explicación breve, aunque será mejor que la adapte a su contexto, al ambiente laboral con el que está familiarizado.

―Soy realizador audiovisual ―menciono―, pero… ¿cómo sabe usted eso?

Internet de California no va a responder. Prefiere escudriñar mi cara con esos ojitos binarios, excéntricos e indiscretos, quitar con la palma de la mano las hileras de unos y ceros que ensucian el cristal de la linterna, aún encendida, y proseguir.

―Cuando, desde mi vientre, nacían los tablones de anuncios, canales y foros, cuya aspiración era reunir a los integrantes de los distintos universos, incluso el audiovisual, un buen número entre las personas que empezaron a frecuentarlos nutría sus páginas con vivencias extraídas de la más pura experiencia profesional. Los conocimientos adquiridos en una prolongada práctica como realizadores de videos, la lectura de material calificado, los índices de prueba y error, las habilidades desarrolladas por el rigor de las circunstancias y el contacto con la realidad que les deparaba la labor, otorgaron a estos sitios marcadas pinceladas de materialidad y pragmatismo, también una autenticidad que podía ser cotejada…

Repentinamente, Internet de California detiene su narración, gira la cabeza hacia la derecha, enarca las cejas y con un salto alcanza el tercer peldaño de la escalera. Recorre con su farol un tramo de la baranda y murmura: ¿Está aquí La Certeza?

Silencio

―¿Qué sucedió después? ―pregunto, instándola a retomar el relato o abandonar una exploración que se me ocurre sin juicio ni razón.

―La originalidad comenzó a extraviarse ―asevera―; eso fue lo que pasó.

―¿… a extraviarse?

―Sí, a extraviarse; dando paso a miles de comentarios defendidos y apuntalados ya no desde la investigación ni la experiencia personal o próxima, sino sobre la única base de lo que otro había escrito; pero lo que, en verdad, hace más espesa la nebulosa y dificultosa mi búsqueda es la presunción de que una abundante cantidad entre los conceptos que mis internautas reciben pudieron ser tomados de quienes, antes, también los habían reproducido apoyándose en textos que ni siquiera les pertenecían… y así hasta algún punto distante en el espacio y el tiempo. No olvidaré agregar la extensa cadena los errores que, con seguridad, provinieron de la desacertada interpretación de algunos copistas y se introdujeron en cada publicación.

―Debo interpretar que reniega del único modo que nos ha dado para comunicarnos o distribuir el saber ―interpelo.

―No, no es eso ―responde―; esta práctica es muy efectiva para compartir la información y mis comentarios jamás desestimarían este modo de traslación del conocimiento ni a quienes, aun no siendo profesionales del mundo audiovisual, realizan sobresalientes investigaciones recogiendo datos, analizándolos y comparándolos en un proceso donde se advierte el juicio subjetivo, mi explicación pretende manifestar que tampoco es conveniente sostener como absolutas la totalidad de las nociones asimiladas en las interconexiones de mi tela ni transmitirlas sin el soporte de la comprobación, el criterio o el discernimiento; que fundar mensajes tomando como verdades fehacientes las aseveraciones que bullen en mis enlaces, basadas en experiencias lejanas y ajenas, puede llevarlos a ser portadores inconscientes de conclusiones equivocadas, las que en menor o mayor medida terminarán por afectar al lector más vulnerable o asentarse como axiomas en la credulidad de personas que seguirán diseminando el error.

Internet de California, cuán ánima que se lleva el diablo, dice “adiós”, abandona súbitamente la baranda de la escalera y se va, acercando inexplicablemente su lámpara a rincones de la casa donde llega la luz de los focos del techo. Al llegar a la puerta de calle, oigo su voz que, con vehemencia, exclama y pregunta: “Busco a La Certeza, ¿alguien la ha visto?”

Con aguijones en la punta de los dedos, me despierto. Mi mano aferra el mouse de la notebook, junto a la almohada. Comprendo que he soñado, pero el brusco grito de Internet de California aún retumba en mi memoria onírica. Quedé dormido mientras leía la biografía de un filósofo griego. Son las tres de la madrugada. Me dispongo a apagar el equipo pero un hombre barbado, inmóvil y enigmático, ocupando buena parte de la pantalla del ordenador, anima mi curiosidad; se trata de un anciano que, apoyándose en un báculo, carga en su mano una linterna encendida. Un perro lo acompaña. Está descalzo y es de día. Hay un rótulo bajo la figura: Diógenes de Sinope, camina por las calles soleadas de Atenas con un candil encendido; pregunta constantemente a los ciudadanos: “Busco un hombre justo y honesto, ¿alguien lo ha visto?”

Ariel García
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