La_Calesita_Final                                                                                 A Adrián Aguiar. Más que un colega, un amigo del barrio.

El capítulo 13 de Mad Men: “The Wheel “ (La Rueda), en la primera temporada de la serie, incluye una secuencia conmovedora.

Corren los años sesenta por la neoyorquina Madison Avenue. El publicista Don Draper, director creativo y más tarde socio de la agencia Sterling Cooper, recibe en una sala a dos representantes de la empresa fotográfica Kodak. Draper diseña la campaña con la que lanzarán el flamante producto de la compañía: el proyector de diapositivas. La nueva máquina de Kodak incorpora una variante: “la rueda”, una bandeja circular, giratoria, donde se almacenan las diapositivas. La idea es atinada, práctica y conveniente, ya que la posibilidad de una proyección ininterrumpida, entre otros beneficios, dejaría atrás a buena parte de los aparatos clásicos, de carro recto y fabricados por la competencia. Pero el invento conlleva un problema, y aunque suene contradictorio, se trata precisamente del dispositivo que ha permitido la mejora: la rueda.

—Comprendemos la dificultad de hallar un enfoque publicitario —dice uno de los enviados de Kodak— porque “las ruedas” no se ven como “alta tecnología”, aunque son la tecnología original.

—“Tecnología” es un señuelo seductor—responde Draper, de pie junto al proyector y a punto de apagar las luces de la oficina—, aunque, dado el caso, se puede alcanzar al público a un nivel menos comercial, más allá del flash!, si existe un vínculo emocional con el producto.

Unos segundos después, el protagonista relata una anécdota relacionada con su primer empleo como publicista, en ella recuerda las palabras de un experimentado redactor griego; éste le cuenta que en un anuncio publicitario la palabra más importante es “Nuevo”, pero también le habla de crear una conexión más profunda con el producto: “La Nostalgia”. Es delicado, agrega, pero potente.

La nostalgia punza al corazón más fuerte que el recuerdo. “El proyector de diapositivas no es una nave espacial, es una máquina del tiempo”— remata Draper, mientras exhibe en la tela de la pared diapositivas de su vida familiar, las que, además, recobran significado en cada parada del invento circular—. Va hacia atrás y hacia adelante. Nos lleva tanto al momento que deseamos regresar como a donde nos duele volver. No se llama “la rueda”, se llama “El Carrusel”. Nos permite viajar como lo hace un niño, dar vueltas y vueltas y volver a casa, el lugar donde nos sentimos amados.

Aunque breves, incompletos y sujetos a diferentes traducciones, he querido compartir con ustedes un tramo de la serie que va más allá de la inteligente maniobra publicitaria. Juro que he visto el capítulo más de veinte veces y, llegado el punto que acabo de referir, también yo experimento en cierta medida el sentimiento que crece en la sala de la agencia Sterling Cooper, aunque quizá no se trate de nostalgia sino de melancolía. Lo curioso es que, con las repeticiones, mi memoria ha ido enlazando el carrusel de Mad Men con otro, remoto y arraigado en mi infancia: la calesita.

Cuando yo era un niño que no pasaba los siete años, mi padre me llevó a dar una vuelta en la calesita del barrio. Es posible que hubiese habido antes otras calesitas, aunque mi memoria asegura que la de este recuerdo es la primera. Guardo algunas imágenes, pocas, de aquel momento: la tardecita, mi papá y yo caminando por una calle ancha y vacía, un terreno baldío con el pasto desparejo, los chicos agolpándose en la esquina y, montada en una cima imaginaria, sin luces y resplandeciente: la calesita.

De pronto, estoy cabalgando un caballo de madera. Cada giro de la calesita me promete un panorama similar al de la vuelta anterior, pero no idéntico. Son diapositivas sueltas en el carrusel, apuntes que el pasado ha preferido conservar unidos e inconclusos por alguna razón que apenas interpreto.

Mi recuerdo se corta abruptamente en un giro cualquiera y con un anhelo: llegar al punto donde el calesitero zarandea la sortija. Y así se quedan, esperando en el marco de una diapositiva viva y colorida, la gente, el saludo insistente de mi viejo, los pibes del barrio, mis rodillas desnudas y las dos paredes del baldío que alguna vez fueran blancas. Nunca bajé de la calesita, me refiero a que la secuencia no preserva momentos de mi regreso a casa.

Descifro que la calesita es la excusa a la que apela hábilmente mi memoria para condensar un sumario de gratas emociones infantiles, que en mi presente no sabría pronunciar. Tal vez estas impresiones dispares de una niñez sencilla y sin lujos, quieran recordarme que la maravilla, como un neón trazado en los bordes de lejanas felicidades, es capaz de dar mil vueltas, destellar, quebrantar el tiempo y regresar, a cualquier hora y desde cualquier esquina… como la calesita.

Ariel García
Realizador Audiovisual
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