Un relato verosímil

 

Miércoles 22 de diciembre

Con una mano estrechando la cortina, Ricardo Arletti pensó que aquella noche lo acatarraría si antes de asomar un pie a la calle no bebía unos tragos de su preciada infusión de hojas de niñarupa. Cuando Ricardo Arletti, fotógrafo de profesión, pensó esto llenó los pulmones de aire y encendió un cigarrillo rubio.

Las noches de Ricardo Arletti conviven con la más ociosa soledad. Una vez creyó que la carencia de una compañera, dura carga para otros, a él le otorgaría la tranquilidad y, si se extendía un tramo, también la felicidad. Ahora, al pasear entre pilas de ropa sucia y baldosas olorosas, recuerda a Sonia, quien lo abandonara llevándose a Joaquín, el hijo de ambos. La quiere olvidar, y con un movimiento brusco patea una silla para apartarla de la mesa y su memoria. Libera los brazos encima del mantel de hule verde y murmura: hoy es martes… no, no, miércoles; mañana vendrá Lourdes.

Jueves 23 de diciembre

Lourdes desdobla sus brazos de hembra comprensiva sobre la cama del señor Arletti: tiembla (su memoria enumera los componentes con los que preparará la torta de limón que Luisito llevará a la escuela el viernes); contrae los músculos (recuerda que con el último viaje en ómnibus agotó el crédito de su tarjeta magnética); deja de fingir, se relaja y, abrazada a la almohada amarilla, abandona el oído a las recargadas historias que repite don Ricardo, aventuras que evocan a un joven y fuerte Ricardo Arletti, fotógrafo del National Geographic en una tierra remota: Australia… Un atardecer difícil, apostado con su Nikon FTN en el bosque seco, cuando se acerca demasiado a un enorme canguro rojo que lo hiere en la pierna desgarrándole el tendón peroneo. Un entredicho que acaba a las trompadas, minutos después de que un fotógrafo inglés de Nature le robara los rollos que contienen el galanteo y apareamiento de un wallaby albino. La única mujer que lo ama con lujuria, esposa de un poderoso terrateniente; la noche que Ricardo retorna a la Argentina, obligado por el convincente cañón del Smith & Wesson del hacendado, Amanda Winston lo espera desnuda en un recodo solitario, montada es su caballo Brumby, para ofrendarle la reliquia de azafrán que todavía conserva: un mechón pelirrojo del pubis.

Viernes 24 de diciembre

Los días del señor Arletti, fotógrafo de profesión, son largos, por eso le resta unas horas a su trabajo y las amontona en la mesa, junto al cristal, del bar La Biela. Ese hábito le infunde ánimo, dice, y también la certeza de que se aproxima otra época próspera. Ha bebido cientos de cafés y sigue siendo un hombre pobre. Ya se me va a dar Roquito, como en la década de los 70, vas a ver, es un pálpito. Esta changuita de las cobranzas y lo de las fotografías en bautismos y comuniones es transitorio, para ir zafando. Ricardo Arletti tropieza, a veces, con la ilusión de cambiar su coche, aunque el Fiat 147, afirma, nunca lo dejaría a pie por lo que no sabe si, llegado el momento, se desprendería de él. Es que fueron kilómetros y kilómetros de asfalto, pibe. Ocho pesos con cincuenta, don Ricardo; no se olvide el maletín. Gracias Roquito, guardá el vuelto.

Exactamente a las once del mediodía, al cruzar una calle, Ricardo Arletti distingue la silueta que se parece a una cartera de mujer, junto al cordón de granito; se apresura, la recoge y oculta bajo el saco, agregando al acto un gesto risueño, como quien acaba de alzar lo que se le ha caído. Ni siquiera a bordo del 147 se atreve a explorar el interior.

Ricardo Arletti es un hombre de mundo, no un estúpido; en seguida advierte que las piedras vidriosas, ocultas dentro de la bolsita de cabritilla tras el cierre de la contratapa, eran diamantes. Asegura que antes de leer el certificado de autenticidad de las piezas, detallando características particulares y unos valores pecuniarios que aumentaron su ritmo respiratorio, ya había calculado la magnitud del hallazgo.

El señor Arletti hizo estas tonterías:

1- Estacionó el Fiat 147 frente al edificio del diario El Rosarino y descendió. Inmóvil, sujetando una risita burlona, aguardó silencioso en el hall de la redacción. ¿Otra vez por aquí, Arletti? Cien veces le dije que no nos interesa su propuesta, queremos gente joven; mírese, Arletti, a su edad no podría saltar un charco. Deje de molestar, no vuelva más, desaparezca, y hágalo de una buena vez… Arletti, enajenado, replicó descolgando de la pared un pesado matafuego Extintec de 5 kg. y revoleándolo a la cabeza del jefe de fotografía; afortunadamente falló. Soy rico gringo de mierda, gritó, soy ri – co. Después, con una pirueta extravagante se apretó los testículos, convidó con el gesto a los presentes y salió a la vereda. En un santiamén trepó al 147 y prosiguió la cabalgata.

2- Telefoneó a… ¿Sonia? (9), habla Ricardo; sí, sí, sólo un minuto (8) ¿inscribiste a Joaquín? Dónde va a ser, en el colegio (7) ¿Cuándo? No, no… bueno, lo pensé mejor, (6) convendría que asistiera al otro, al otro colegio (5), el… pero la puta madre, el colegio ese, el privado que siempre ponderaste (4). No, no gané ninguna lotería. Sí, sí, me apuro porque no tengo otra tarjeta (3), tres pulsos, sí. Cómo que ya es tarde para anotarlo (2). Vos andá y deciles que yo, Ricardo Arletti, (1) exijo que mi hijo (biiiiiiip)…

La conclusión que el azar concede al Sr. Arletti, fotógrafo de profesión, lo convierte en un superhombre. Entiende que la gente lo mira, ahora, de otra manera; con respeto, sí, con más respeto, sostiene. Está inquieto y desea un cigarrillo. Con la mano derecha, sin apartar la vista del camino, tantea en dirección al asiento trasero del vehículo. En algún lugar olvidó el maletín, pudo haber sido en la oficina del diario o en la cabina telefónica. Que se vayan a la mierda El Rosarino y el maletín, reitera una docena de veces, hasta que descubre el ritmo adherido a las palabras y éstas unidas a la música de un tango que conoce; baja el cristal de la ventanilla y desafina por última vez: “que se vayan a la mierda El Rosarino y el maletín…”

Una fanfarronada de la suerte lo ha transformado en un hombre rico. La bolsita de piel de cabrito que Ricardo Arletti halló en el interior de la cartera contenía auténticos diamantes, ahora sólo restaba convertirlos en dinero. Seguía su derrotero, silbando e insultando a otros automovilistas por las mismas transgresiones de tránsito que cometía a menudo. Su rumbo: el bar La Biela, lugar: la mesa cercana a la vidriera, donde tantas veces quemara sus broncas y concibiera, mordisqueando los extremos de un sobrecito de azúcar, el plan para cuando tuviese dinero, mucho dinero.

Lo cierto es que desde el mediodía del viernes 24 de diciembre hasta la caída de la tarde, las escenas del mayor anhelo del señor Arletti, fotógrafo de profesión, habían flirteado con él, pero un descuido apartó su caricia de la fortuna. Los brillantes, que escondiera en el compartimiento destinado a los billetes grandes, se perdieron con el maletín que aún sigue buscando. Ignora que, como un monigote más en el anaquel de los payasitos de cuerda que manipula un incorregible destino, una mujer de guardapolvo azul lanzará una pesada tijera Solingen al cuello de su jefa, animada por el tesoro que descubrió, camino a la peluquería, en el bolsillo de un maletín olvidado sobre un teléfono público.

Ariel García
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