Lenguaje_incluyente_no_sexista_copiaEn un espacio de total libertad para el desahogo: “Terapia – Catarsis para Fotógrafes y Videógrafes”, grupo creado en facebook, tuvo lugar la semana pasada un interesante intercambio de ideas; mi breve intervención en aquel tema tendrá su desarrollo en este artículo.

“¡El género es de la gramática!”, rugen quienes creen que las posturas a favor de la utilización del lenguaje incluyente no encierran fundamentos, siquiera para comenzar un debate. Otros, igualmente inflexibles aunque con inclinaciones didácticas, podrían invertir un minuto de su tiempo para dejarnos la que considerarían una breve, pero rotunda, clase magistral:

«Si yo escribo: “Dirijo este mensaje a los usuarios del grupo”, estoy refiriéndome a mujeres y varones; en cambio: “Dirijo este mensaje a las usuarias del grupo”, me refiero sólo a las mujeres, excluyendo a los varones. Esto denotaría que el masculino es el género inclusivo y el femenino el exclusivo. Por lo expuesto, en gramática hablamos de género marcado (femenino) y género no marcado (masculino). La sintaxis, la gramática y la morfología no categorizan el vínculo entre sexo y género: “los videastas”, por ejemplo, no implica el sexo de las personas que componen el colectivo».

Ahora bien, pocas personas confunden hoy sexo y género gramatical, difícil equivocar un concepto anatómico-fisiológico con una propiedad lingüística. Es cierto que la gramática, en tanto herramienta funcional y útil a una comunidad, es neutra en el español, pero también lo es que la aparente asepsia con que se presenta en algunos textos de estudio desaparece con el uso, con el habla. Si extendemos el modelo expuesto en el párrafo anterior hasta la experiencia vivencial de las personas, el momento en que el lenguaje deja de ser una virtualidad para ponerse en juego la interacción comunicativa, distinguimos una realidad mucho más compleja, sobre todo cuando reconocemos que conferimos una filosofía al lenguaje, impregnándolo de ideologías. A propósito de las ideologías, me gustaría anotar que del mismo modo que no es posible concebir un idioma privado, no existe ideología privada o personal. Los sistemas de creencias son socialmente compartidos por los miembros de un grupo, de un colectivo, llegando a conformar representaciones sociales que definen su identidad. Estas reflexiones, entre otras, condujeron al filósofo del lenguaje Mijail Bajtín a emprender el desarrollo de la teoría del “enunciado”.

En el extenso debate y posterior prohibición del lenguaje inclusivo de género en los textos oficiales franceses, a fines de 2017, un grupo recordó la lamentable frase de Nicolas Beauzée, miembro de la Academia Francesa y autor de la obra Gramática general (1767), él afirmaba que la preeminencia gramatical respondía a “la superioridad del macho sobre la hembra”; pero esto no es todo, algunos años antes Dominique Bouhours, párroco y ensayista, también francés, había aseverado que “lo masculino [en gramática] goza de una reputación más noble que lo femenino”.

Reconozco que el simple hecho de nombrar o “visibilizar” los diversos géneros donde antes estaban “ocultos” no generará un cambio de rumbo repentino, porque las transformaciones socio-psico-lógicas no se producen de un día para el otro, pero sí podría influir en la torcedura de ciertas líneas androcéntricas fuertemente afianzadas en la sociedad.

El lenguaje adopta la forma de un arma social: refleja la realidad, pero también la construye y la determina. En la medida que no se produzca un cambio individual es imposible perseguir la idea de un giro colectivo. Con esto quiero decir que no alcanzarán los desdoblamientos, las “x” en algunos pronombres, las neolenguas, la redundancia de artículos diferenciados y todos los etcéteras que podamos imaginar. Es necesario, además, poner en práctica políticas de cooperación para que las mismas palabras que hoy “representan la realidad” expresen, mañana, otra diferente; no olvidemos que la lengua, en sí, no es la realidad sino “una representación de la realidad” y que son las personas quienes la ordenan desde el lenguaje. En lo personal, sigo considerando que la lucha por un lenguaje incluyente y no sexista persigue una causa justa, por lo tanto me importa un carajo la castidad del idioma, esa que, a toda costa, buscan preservar los puristas.

Quienes hayan leído al lingüista ruso Valentín Voloshinov no olvidarán aquel notable enunciado: “El signo es la arena de la lucha de clases”. Voloshinov llama lucha de clases a la lucha de posturas diversas y, a veces, desiguales (no se refiere estrictamente a las clases sociales), una contienda que el pensador entiende se da por medio del enunciado. Voloshinov expresa que los signos están “multiacentuados”. Él entendía que las vertientes del pensamiento “cargan” a la palabra, al signo ideológico, con valoraciones diversas. La clase dominante, según su definición, intenta “monoacentuar” (o “uniacentuar”) el signo, obligarlo a seguir una sola dirección.

Tanto los ultraconservadores de las academias europeas, bregando sin cesar por el “proteccionismo lingüístico”, como quienes rechazan de plano al que se aleja del “buen uso de las normas”, están convencidos de que ha saltado una alarma, están intranquilos, están preocupados: ¡Esta espiral de decadencia debe cortarse de cuajo! ¡Árbol que crece torcido jamás su tronco endereza!, por eso, y en el mejor de los casos, nos corrigen y señalan con el puntero, como a infantes caprichosos y empecinados en hacer renegar al idioma. Ahora recuerdo a Mark Twain, él escribió: “Mi madre tenía una gran cantidad de problemas conmigo, pero creo que lo disfrutó”. Quizá algo parecido le suceda a nuestra lengua, por algo la llamamos “materna”.

Ariel García
Realizador Audiovisual

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