Mi amiga fotógrafa y yo nos enamoramos, pero hace tiempo, las cámaras no habían llegado todavía. Fue así: peña, folclore y “música de protesta”. Razia, correr y esconderse en la galería. Cuando las balas silbaban por las calles del centro, me dijo: si los milicos nos encuentran en este hueco, con la guitarra y esta pinta de zurdos, nos matan. Pero no nos descubrieron; amanecimos en el mismo hueco, abrazados y cantando Ayer nomás. Después mis letras. La distancia. Su idea de replantear el feminismo. El reencuentro. El color de su pañuelo… o el 3415 Pantone, como dijo una vez.

Mi amiga fotógrafa y yo compartimos innumerables coincidencias. Tanto ella como yo, dimos los primeros pasos profesionales en un mundo donde, en lo que a realización audiovisual y fotografía respecta, había cosas que “podías y debías hacer” y “cosas que no podías ni debías hacer”. Cosas sagradas, resabios de un poder disciplinario, impuesto por los popes de cada oficio. Tanto ella como yo, cruzamos hasta un presente en que prevalece una idea totalmente opuesta a la de aquel tiempo, ahora se trata del “vos podés”. Es más, este lema se extiende al “vos podés todo”. Lo drástico de esta lógica es que si, al contrario, “vos no podés” (porque lo cierto es que por más ganas que uno ponga no siempre podrá alcanzar lo que se propone) estás listo, lisa y llanamente: fracasaste. Y no sólo esto, emergen también la culpa y el desconcierto. Ella y yo, pensamos que este modo de entender la vida y los planes comerciales nos convierte en esclavos de nuestros proyectos, en emprendedores autoexigidos hasta un nivel casi patológico.

Mi amiga fotógrafa y yo, vemos que en la actual sociedad de la hiperexposición ya no basta con que mostremos nuestros trabajos, muchos creen que también deben mostrarse a sí mismos: la cantidad de calorías quemadas por un trote desde la proa del Monumento a la Bandera hasta la vieja aduana, según indica el visor de la pulsera Fitbit; felicidades familiares; amores correspondidos y el valor energético de alguna de las cuatro comidas diarias… o de las cuatro. Tanto ella como yo (porque ambos hemos leído a Byung-Chul Han), pensamos que en el mundo capitalista, que también abarca nuestro ambiente laboral, la apariencia ha adquirido un nuevo valor: lo que verdaderamente importa es “parecer”, incluso parecer que sabemos todo y sobre todos, inconscientes de que estas conductas acaban construyendo una “crisis de la confianza”. ¿Por qué crisis de la confianza? Porque para que nosotros podamos “confiar” en alguien debe existir un espacio de “no saber”. Desconozco (no sé) cómo reaccionará mi amiga fotógrafa ante mi solicitud de ayuda, tampoco sé cuál será la actitud de mi amigo videógrafo en el momento que deba realizar el favor que le pedí; no, no lo sé exactamente, pero confío en que la amistad respaldará sus actos. “La confianza”, por su naturaleza, encierra una extensión de “no saber”.

Mi amiga fotógrafa y yo jugamos a los paralelismos casuales. Le digo que, por azar, ambos nacimos en una ciudad sin fundador pero yo, además, ejerzo un oficio que nació sin nombre. No me entiende; bueno sí, en parte, ya que los dos sabemos que Rosario no tiene fundador ni fecha de fundación pero está confundida respecto a eso de que “ejerzo un oficio que nació sin nombre”. El fotógrafo siempre fue fotógrafo, le digo. Ella me mira, se acaricia el párpado con el nudillo y sin mover la cabeza responde “mm…”, que no significa “sí”, aunque algo parecido.

Lo que quiero decir es que, a diferencia tuya, yo he sido, querido o creído ser: filmador, camarógrafo, realizador audiovisual, videógrafo, socialero y videasta. En los últimos años: filmmaker, videographer, documentalista de bodas, creador audiovisual, narrador audiovisual, cineasta… No sólo yo, claro. Hasta se ha llegado a asegurar que el nombre adecuado para nosotros era cinematógrafo, una idea arriesgada que nos acercó peligrosamente al ridículo.

La superabundancia de palabras y expresiones para designar el oficio nos ha dado una buena gimnasia, pero trajo ilusiones y desilusiones. Entre las primeras, la de sentirnos parte del espacio que más nos gusta o prestigia. Por ejemplo: el cine. No nos engañemos, decimos “que hacemos cine” sin que nos mueva un pelo ni ponernos colorados. Pero, en las fiestas y fuera de ellas, las personas no dejan de confundirnos y llamarnos fotógrafos.

Bueno —agrega mi amiga con ironía—, a mí también me gustaría que me llamaran PH algún día…

Nos reímos. Mi amiga fotógrafa y yo tomamos el último café y nos despedimos con el segundo beso de la mañana.

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Ariel García

¿Realizador Audiovisual?

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